En el tótum revolutum que es nuestro amado e hiriente mundo nos cuesta encontrar a veces una llama de esperanza por la que amanecer felices. Nuestras temidas noches en vela pueden convertirse en dulce maná comparadas con la terrorífica idea de afrontar un nuevo día sin ganas, sin fuerza, sin pasión. El mismo peso que nos impedía antes dormir se nos cae como la más pesada de las rocas en nuestro pecho cuando suena el despertador con su sonido amenazante y su saludo atronador.
Y sin embargo, hay que levantarse.
Detrás de una reja que separa lo sacro de lo profano vive un ser de manos frágiles pero corazón valiente y sereno, una mujer que a pesar de sus años conserva dentro el espíritu diverdito e ingenuo de una niña, que además ha dedicado toda su vida y sabiduría a una causa tan decadente en estos días como respetable y bella: Dios. A todos los que dicen que la religión corrompe les invitaría gustosa a disfrutar de un maravilloso día en su compañía, escuchando sin lugar a aburrirse mil y una historias sobre enfermedades y curaciones, vidas que se fueron y vidas que continúan, personas que cambiaron y principios que permanecieron aferrados a la conciencia como se aferra un beso cuando sabe que es el último.
A demasiados kilómetros de allí como para que puedan disfrutar el uno del otro viven dos ojos inquietos y maduros por las decepciones, un hombre completamente mágico, irónico, divertido, según él un poco cruel y a veces hasta vulgar en algunos de sus parlamentos, pero que está estableciendo un futuro con ganas y con el mismo magnetismo atrayente de que goza su propia persona. Es totalmente profano en genio y figura, pero sabe transmitir el mismo júbilo que la maravillosa persona del caso anterior.
Son dos puntos de una constelación, dos estrellas que aparentemente sólo comparten apellido. Al fin y al cabo, ¿qué pueden tener en común una religiosa de clausura y un hombre de mundo dedicado al deporte?
La capacidad de ayudar a que una estrella que cree apagarse se levante.