miércoles, 20 de julio de 2011

Decimocuarto momento: mi círculo imperfecto

Hay cosas que son más susceptibles de convertirse en motivo de inspiración. Existen conversaciones reveladoras y personas sorprendentes, a veces la musa nos visita en forma de canción, de película o de óleo. Todos alguna vez nos hemos sentido conmovidos por la fuerza de un paisaje, y esto sin mencionar cualquier detalle, por nimio que parezca, de la persona a la que una vez amamos. La forma que tenía de arquear su ceja izquierda nos persigue, y el sonido de su risa todavía taladra nuestros tímpanos en las noches solitarias de lunas redondas.

Redondo, redondo... ¿de verdad puede inspirar tanto un círculo? ¡Pues claro! La esencia misma de vivir como ser humano es no saber donde está lo verdaderamente estimulante, hasta que se descubre. Y yo no hace mucho descubrí dos círculos dentro de otra forma geométrica más irregular pero igualmente simétrica. O no, pero a mí me lo parecía, si simetría es sinónimo de perfección. O de imperfección, pues es en las cosas imperfectas donde a menudo se encuentra la verdadera riqueza.

Caminar por los bordes de este círculo es mojarse los pies en aguas cristalinas, frías y de un color azul precioso, pero no el azul de un lápiz o un rotulador, sino un color menos puro, pues el océano con sus mareas viene y va salpicando el celeste Carioca de días profanos. Caminando hacia el centro nos encontramos con una red de líneas color miel, que va endulzando la senda hacia el epicentro del círculo, difuminándose en su caminar y haciéndose cada vez más oscura. El epicentro es epicentro porque a mí me gusta llamarlo así, ya que ocasiona algún que otro seísmo. Es negro como la noche y con un minúsculo punto de luz, si bien por minúsculo que parezca a veces es capaz de alumbrar más que el propio fuego. Celeste o azul agua como a mí me gusta pensarlo, color miel y negro. Tres colores que configuran una acuarela imposible de obviar, y tan divertida de experimentar... si tenemos el pincel adecuado, claro.

Formas azarosas dentro de un círculo peligroso, dañino y altivo; pero dulce, aniñado y capaz de encandilarte como la fuerza de la marea que ahora observo, como la dulzura de la miel, como la magia de la noche.

"No me mires con esos ojos, no te aguanto la mirada"

sábado, 16 de julio de 2011

Decimotercer momento: mamá

Por mucho que me llamen loca, nunca me cansaré de decir que me encantan los autobuses porque ir montada en ellos es la mejor manera que tengo de conocer a las personas. Por el día me apasiona ir sentada en el último asiento viendo cómo familias, amigos y personas solitarias se desenvuelven en un pequeño espacio que les ha sido concedido durante unos minutos para socializar, a la fuerza y de la manera que sea (incluso eligiendo no socializar). Los jóvenes de pelo enmarañado y música estridente bajo enormes cascos se mezclan con los ancianos de transistor y animadas conversaciones sobre lo mal que va el país por culpa de los niños de hoy en día, Zapatero y los conductores de Tussam. Por la noche me agazapo en mi rincón al ritmo de la música que me pida el corazón y vigilo con recelo a los extraños personajes que habitan las líneas a altas horas.

Aquel día el nº22 estaba lleno, eran las dos de la tarde y el calor pegaba de lleno en nuestras cabezas.Y entre bolsas, gritos, risas y miradas huidizas que juegan a adivinar gestos ajenos en los reflejos del cristal, las vi.

Madre e hija, la primera de pie junto a un botón de STOP y la segunda sentada en un asiento no muy lejos de mí. Ambas se miraban con un cariño que inundaba sus pupilas, pero cada una de una manera diferente, las dos igualmente fascinantes, quedando yo atrapada por unos segundos (para mi fueron semanas) en aquella clase de amor del que un día yo también disfruté y ahora ya no queda nada. Aunque he crecido puedo decir con una amplia sonrisa que tengo a mi madre a mi lado queriéndome como siempre, pero nunca más vendrá a arroparme una noche de diciembre y a desearme buenas noches con un beso en la frente. A pesar de que jamás me dejará sin bocado que llevarme a la boca nunca más hará el avioncito con mi papilla de arroz con pollo pidiéndome por “papá” que no deje ni una sola cuchara en el plato. Y por más que aún escuchemos música juntas nunca más me volverá a cantar la canción de cuna que compuso sólo para mí. Las tardes de columpios se sustituyeron por tardes de compras, las mañanas de dibujos animados por las de gimnasio, y las larguísimas tardes de “¿mamá, me lo estudio y me lo preguntas?” por un móvil que suena en una biblioteca preguntando si he comido bien y llevo el temario aprendido al examen.

Mirando a esas dos personas tan entrañables a las dos de la tarde en un autobús comprendí  lo importante que puede ser tener a alguien pequeñito que depende sólo de ti y sentarlo para que no se caiga, o simplemente mirarlo y sentir… no lo sé, no tengo ni idea. Pero dentro de muchos años espero componer una canción de cuna para alguien que haya heredado sus ojos, los de mi madre.