Me cansa un poco que todo el mundo menosprecie los sentimientos, como si fueran algo anacrónico. En este siglo no está de moda sentir.
- Rocío, estás demasiado preocupada por que te quieran. Eres cursi
Si Bécquer levantara la cabeza...
- Estoy harta de deciros a todos que no me creo las clases de Pilar Bellido, no me creo que la poesía de la experiencia sea una forma de construir ficción a partir de un sentimiento real. No se puede construir ficción a partir de algo tan fuerte, porque siempre vamos a dejar emanar entre las letras parte de nuestra alma.
Ayer mismo volvía a repetirlo y todos me llevaban la contraria...
No me creo la poesía de la experiencia porque no podría escribir sobre mí misma sin acordarme de él y las múltiples formas que tengo de quererlo, ni de las múltiples formas que tiene él de alejarse de mí. Tampoco podría pensar una metáfora en la que no estuviera incluida la sensación de felicidad que siento cada vez que vuelve, aunque nunca sea para quedarse. Supongo que es muy difícil escribir sobre tu vida sin mencionar al villano que le da sentido.
domingo, 27 de noviembre de 2011
lunes, 5 de septiembre de 2011
Decimoquinto momento: eres una egocéntrica con dos caras
18 julio 2011
Me gusta caminar por la playa sin gafas porque todo es como mucho más impresionista. Este hecho, unido a la ausencia de pitidos en mi Blackberry, hace que disfrute enormemente mis paseos por la orilla a la hora del crepúsculo.
Los pies se me van hundiendo lentamente, dejándose cubrir por un manto de arena mojada y conchas, algunas de las cuales a veces me pinchan y me hacen levantar la pierna bruscamente. Veo luces y puntos de color, pero no necesito nada más, el viento me peina y despeina a su antojo haciéndome feliz. Pensaba que no podría haber nadie en mayor consonancia con el mar, pero una mancha de colores estaba a punto de hacerme cambiar de idea.
Me pondré las gafas y os la describiré: no sé qué clase de persona es, porque está agachada, su espalda curvada y ambos brazos caídos, sus dedos tocan el agua que las pequeñas olas traen para regocijo de sus talones, que se alzan ligeramente para volver a apoyarse después. Por mucho que intento averiguar de qué sexo es mi objetivo a observar no me deja, pues su cabeza se halla cubierta por lo que parece un enorme pañuelo doblado varias veces.
De repente se endereza, dejándome adivinar por fin un pequeño y doloroso trozo de vida. Es una mujer menuda, muy blanca de piel y con una tez frágil pero que deja entrever una enorme dulzura. Lleva puesto un vestido verde agua con flores de diferentes colores, y un pañuelo cubre su cabeza, como bien había visto antes. El arcoíris de color que la acompaña no oculta, sin embargo, la ausencia de vello en cada centímetro de su piel. La veo sola, en silencio, concentrada en pedir fuerzas, ayuda para seguir adelante.
23 Julio 2011
También me encanta pasear con mi hermano porque, aunque nunca le ha importado mi vida ni nada de lo que yo haga con ella, le encanta hablarme de él. Y yo escucho, divirtiéndome con sus anécdotas de baloncesto e interesándome – lo justo – por el argumento de la última película que vio.
La misma mujer de piel blanca está allí, jugando en la orilla con varios niños pequeños. Ahora la veo feliz, se ríe a carcajadas mientras fabrica castillos que el agua barre cada pocos minutos. No parece la misma, pero esta otra faceta es igualmente atrayente para mí, que me quedo un rato observándola, mientras camino. Todos tenemos dos caras.
31 julio de 2011
Haciendo las maletas para volver a mi ciudad vuelvo a pensar en ella. No la voy a volver a ver. No sé qué pasará con ella. ¿Dónde están mis dos caras?
1 septiembre 2011
No me puedo creer que ya esté lloviendo, ¡sólo es el primer día de septiembre! Espero en el coche a que mi madre recoja la compra mientras escucho a Eva Amaral cantando de nuevo Moriría por vos, solo que esta vez no es una canción especial. Mirando cómo las gotitas adornan el cristal reparo en mí, justo detrás, en el retrovisor. Observo mi reflejo, al que por fin he aprendido a querer. La Rocío que se va a la playa a escribir con un cuaderno y un bolígrafo es la misma Rocío que camina fingiendo a gritos acento del norte para avergonzar a su hermano. Y es la misma que ríe cuando le parten el corazón – otra vez – porque no se puede creer que le haya vuelto a pasar. La misma payasa, niña pequeña sin sentido del ridículo, risueña, estúpida, rencorosa, vengativa, educada, torpe, irascible, gritona y fiel a la frase “el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra”. Pero no importa, tengo tiempo para aprender cuál de mis tropecientas caras me gusta más y mejorarla para que me acompañe toda mi vida. O eso espero.
5 septiembre 2011
No son dos caras, la mayoría solo tenemos una porque no podemos ocultar cómo somos realmente. Lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que somos un prisma de colores maravilloso, y merece la pena mirarnos y aprender. Eso es todo. ¿Egocentrismo? Puede ser, pero al menos puedo estar orgullosa de que antes de conocer y querer a nadie conozco y quiero a la persona en la que me estoy convirtiendo.
Me gusta caminar por la playa sin gafas porque todo es como mucho más impresionista. Este hecho, unido a la ausencia de pitidos en mi Blackberry, hace que disfrute enormemente mis paseos por la orilla a la hora del crepúsculo.
Los pies se me van hundiendo lentamente, dejándose cubrir por un manto de arena mojada y conchas, algunas de las cuales a veces me pinchan y me hacen levantar la pierna bruscamente. Veo luces y puntos de color, pero no necesito nada más, el viento me peina y despeina a su antojo haciéndome feliz. Pensaba que no podría haber nadie en mayor consonancia con el mar, pero una mancha de colores estaba a punto de hacerme cambiar de idea.
Me pondré las gafas y os la describiré: no sé qué clase de persona es, porque está agachada, su espalda curvada y ambos brazos caídos, sus dedos tocan el agua que las pequeñas olas traen para regocijo de sus talones, que se alzan ligeramente para volver a apoyarse después. Por mucho que intento averiguar de qué sexo es mi objetivo a observar no me deja, pues su cabeza se halla cubierta por lo que parece un enorme pañuelo doblado varias veces.
De repente se endereza, dejándome adivinar por fin un pequeño y doloroso trozo de vida. Es una mujer menuda, muy blanca de piel y con una tez frágil pero que deja entrever una enorme dulzura. Lleva puesto un vestido verde agua con flores de diferentes colores, y un pañuelo cubre su cabeza, como bien había visto antes. El arcoíris de color que la acompaña no oculta, sin embargo, la ausencia de vello en cada centímetro de su piel. La veo sola, en silencio, concentrada en pedir fuerzas, ayuda para seguir adelante.
23 Julio 2011
También me encanta pasear con mi hermano porque, aunque nunca le ha importado mi vida ni nada de lo que yo haga con ella, le encanta hablarme de él. Y yo escucho, divirtiéndome con sus anécdotas de baloncesto e interesándome – lo justo – por el argumento de la última película que vio.
La misma mujer de piel blanca está allí, jugando en la orilla con varios niños pequeños. Ahora la veo feliz, se ríe a carcajadas mientras fabrica castillos que el agua barre cada pocos minutos. No parece la misma, pero esta otra faceta es igualmente atrayente para mí, que me quedo un rato observándola, mientras camino. Todos tenemos dos caras.
31 julio de 2011
Haciendo las maletas para volver a mi ciudad vuelvo a pensar en ella. No la voy a volver a ver. No sé qué pasará con ella. ¿Dónde están mis dos caras?
1 septiembre 2011
No me puedo creer que ya esté lloviendo, ¡sólo es el primer día de septiembre! Espero en el coche a que mi madre recoja la compra mientras escucho a Eva Amaral cantando de nuevo Moriría por vos, solo que esta vez no es una canción especial. Mirando cómo las gotitas adornan el cristal reparo en mí, justo detrás, en el retrovisor. Observo mi reflejo, al que por fin he aprendido a querer. La Rocío que se va a la playa a escribir con un cuaderno y un bolígrafo es la misma Rocío que camina fingiendo a gritos acento del norte para avergonzar a su hermano. Y es la misma que ríe cuando le parten el corazón – otra vez – porque no se puede creer que le haya vuelto a pasar. La misma payasa, niña pequeña sin sentido del ridículo, risueña, estúpida, rencorosa, vengativa, educada, torpe, irascible, gritona y fiel a la frase “el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra”. Pero no importa, tengo tiempo para aprender cuál de mis tropecientas caras me gusta más y mejorarla para que me acompañe toda mi vida. O eso espero.
5 septiembre 2011
No son dos caras, la mayoría solo tenemos una porque no podemos ocultar cómo somos realmente. Lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que somos un prisma de colores maravilloso, y merece la pena mirarnos y aprender. Eso es todo. ¿Egocentrismo? Puede ser, pero al menos puedo estar orgullosa de que antes de conocer y querer a nadie conozco y quiero a la persona en la que me estoy convirtiendo.
miércoles, 20 de julio de 2011
Decimocuarto momento: mi círculo imperfecto
Hay cosas que son más susceptibles de convertirse en motivo de inspiración. Existen conversaciones reveladoras y personas sorprendentes, a veces la musa nos visita en forma de canción, de película o de óleo. Todos alguna vez nos hemos sentido conmovidos por la fuerza de un paisaje, y esto sin mencionar cualquier detalle, por nimio que parezca, de la persona a la que una vez amamos. La forma que tenía de arquear su ceja izquierda nos persigue, y el sonido de su risa todavía taladra nuestros tímpanos en las noches solitarias de lunas redondas.
Redondo, redondo... ¿de verdad puede inspirar tanto un círculo? ¡Pues claro! La esencia misma de vivir como ser humano es no saber donde está lo verdaderamente estimulante, hasta que se descubre. Y yo no hace mucho descubrí dos círculos dentro de otra forma geométrica más irregular pero igualmente simétrica. O no, pero a mí me lo parecía, si simetría es sinónimo de perfección. O de imperfección, pues es en las cosas imperfectas donde a menudo se encuentra la verdadera riqueza.
Caminar por los bordes de este círculo es mojarse los pies en aguas cristalinas, frías y de un color azul precioso, pero no el azul de un lápiz o un rotulador, sino un color menos puro, pues el océano con sus mareas viene y va salpicando el celeste Carioca de días profanos. Caminando hacia el centro nos encontramos con una red de líneas color miel, que va endulzando la senda hacia el epicentro del círculo, difuminándose en su caminar y haciéndose cada vez más oscura. El epicentro es epicentro porque a mí me gusta llamarlo así, ya que ocasiona algún que otro seísmo. Es negro como la noche y con un minúsculo punto de luz, si bien por minúsculo que parezca a veces es capaz de alumbrar más que el propio fuego. Celeste o azul agua como a mí me gusta pensarlo, color miel y negro. Tres colores que configuran una acuarela imposible de obviar, y tan divertida de experimentar... si tenemos el pincel adecuado, claro.
Formas azarosas dentro de un círculo peligroso, dañino y altivo; pero dulce, aniñado y capaz de encandilarte como la fuerza de la marea que ahora observo, como la dulzura de la miel, como la magia de la noche.
"No me mires con esos ojos, no te aguanto la mirada"
Redondo, redondo... ¿de verdad puede inspirar tanto un círculo? ¡Pues claro! La esencia misma de vivir como ser humano es no saber donde está lo verdaderamente estimulante, hasta que se descubre. Y yo no hace mucho descubrí dos círculos dentro de otra forma geométrica más irregular pero igualmente simétrica. O no, pero a mí me lo parecía, si simetría es sinónimo de perfección. O de imperfección, pues es en las cosas imperfectas donde a menudo se encuentra la verdadera riqueza.
Caminar por los bordes de este círculo es mojarse los pies en aguas cristalinas, frías y de un color azul precioso, pero no el azul de un lápiz o un rotulador, sino un color menos puro, pues el océano con sus mareas viene y va salpicando el celeste Carioca de días profanos. Caminando hacia el centro nos encontramos con una red de líneas color miel, que va endulzando la senda hacia el epicentro del círculo, difuminándose en su caminar y haciéndose cada vez más oscura. El epicentro es epicentro porque a mí me gusta llamarlo así, ya que ocasiona algún que otro seísmo. Es negro como la noche y con un minúsculo punto de luz, si bien por minúsculo que parezca a veces es capaz de alumbrar más que el propio fuego. Celeste o azul agua como a mí me gusta pensarlo, color miel y negro. Tres colores que configuran una acuarela imposible de obviar, y tan divertida de experimentar... si tenemos el pincel adecuado, claro.
Formas azarosas dentro de un círculo peligroso, dañino y altivo; pero dulce, aniñado y capaz de encandilarte como la fuerza de la marea que ahora observo, como la dulzura de la miel, como la magia de la noche.
"No me mires con esos ojos, no te aguanto la mirada"
sábado, 16 de julio de 2011
Decimotercer momento: mamá
Por mucho que me llamen loca, nunca me cansaré de decir que me encantan los autobuses porque ir montada en ellos es la mejor manera que tengo de conocer a las personas. Por el día me apasiona ir sentada en el último asiento viendo cómo familias, amigos y personas solitarias se desenvuelven en un pequeño espacio que les ha sido concedido durante unos minutos para socializar, a la fuerza y de la manera que sea (incluso eligiendo no socializar). Los jóvenes de pelo enmarañado y música estridente bajo enormes cascos se mezclan con los ancianos de transistor y animadas conversaciones sobre lo mal que va el país por culpa de los niños de hoy en día, Zapatero y los conductores de Tussam. Por la noche me agazapo en mi rincón al ritmo de la música que me pida el corazón y vigilo con recelo a los extraños personajes que habitan las líneas a altas horas.
Aquel día el nº22 estaba lleno, eran las dos de la tarde y el calor pegaba de lleno en nuestras cabezas.Y entre bolsas, gritos, risas y miradas huidizas que juegan a adivinar gestos ajenos en los reflejos del cristal, las vi.
Aquel día el nº22 estaba lleno, eran las dos de la tarde y el calor pegaba de lleno en nuestras cabezas.Y entre bolsas, gritos, risas y miradas huidizas que juegan a adivinar gestos ajenos en los reflejos del cristal, las vi.
Madre e hija, la primera de pie junto a un botón de STOP y la segunda sentada en un asiento no muy lejos de mí. Ambas se miraban con un cariño que inundaba sus pupilas, pero cada una de una manera diferente, las dos igualmente fascinantes, quedando yo atrapada por unos segundos (para mi fueron semanas) en aquella clase de amor del que un día yo también disfruté y ahora ya no queda nada. Aunque he crecido puedo decir con una amplia sonrisa que tengo a mi madre a mi lado queriéndome como siempre, pero nunca más vendrá a arroparme una noche de diciembre y a desearme buenas noches con un beso en la frente. A pesar de que jamás me dejará sin bocado que llevarme a la boca nunca más hará el avioncito con mi papilla de arroz con pollo pidiéndome por “papá” que no deje ni una sola cuchara en el plato. Y por más que aún escuchemos música juntas nunca más me volverá a cantar la canción de cuna que compuso sólo para mí. Las tardes de columpios se sustituyeron por tardes de compras, las mañanas de dibujos animados por las de gimnasio, y las larguísimas tardes de “¿mamá, me lo estudio y me lo preguntas?” por un móvil que suena en una biblioteca preguntando si he comido bien y llevo el temario aprendido al examen.
Mirando a esas dos personas tan entrañables a las dos de la tarde en un autobús comprendí lo importante que puede ser tener a alguien pequeñito que depende sólo de ti y sentarlo para que no se caiga, o simplemente mirarlo y sentir… no lo sé, no tengo ni idea. Pero dentro de muchos años espero componer una canción de cuna para alguien que haya heredado sus ojos, los de mi madre.
sábado, 14 de mayo de 2011
Interludio
Señoras y caballeros, la función ha terminado. Agradecemos su asistencia y esperamos verles pronto.
“¿Ya ha terminado?” No podía moverme. La fascinante obra de teatro me había mantenido clavada en mi asiento casi sin pestañear, experimentando cada sentimiento que me era transmitido, sufriendo con cada lágrima y riendo con su júbilo, empatizando con aquella protagonista que se parecía tanto a mí. “Era yo, estoy segura”. Me sonreía a mí misma recordando como aquella desenfada y sensiblona mujer de cabello rizado se movía por su existencia patosamente, haciendo ruido en toda aquella vida por la que cruzaba como un huracán, pero desapareciendo tras su marcha dejando algunas casas tiradas y un par de corazónes heridos, pero sin víctimas mortales, tal y como los ciclones más inocentes.
Empecé a intentar moverme lentamente, ondulando mi espalda, separándola del asiento de madera que ya empezaba a crujir. Apoyé mis manos en los reposabrazos y me alcé con dificultad. “Demasiado tiempo sentada”. Comencé a mover graciosamente los dedos de mis pies mientras los sentía rozándose contra el ante de mis zapatos, y agradecí enormemente sentir una parte de mi cuerpo aún viva. Entrelacé los dedos de mis manos y los hice chasquear, me recoloqué el pelo y di unos pasos al frente. La mortecina luz que penetraba por el ojo de buey alumbraba mi caminar entre las butacas, mi único acompañamiento musical era el sonido chirriante de las tablas de madera que pisaba lentamente, ¿mi destino? El que había sido siempre: el escenario.
Al fin llegué al pie de las escaleras que me invitaban a subir, y para hacerlo me descalcé. Uno a uno fui subiendo los escalones con la gracia de bailarina que nunca tuve, ondeando mis manos en el aire con expresión jocosa, mostrando la hilera de dientes que mi juventud me permitía tener, acariciándome mi pelo largo y enmarañado, satisfecha. Mientras subía me gustaba cerrar los ojos y jugar a imaginar que todos estaban allí viéndome ascender con gracia y apoyándome. Me gustaba fantasear con la idea de dar un paso en falso y encontrarme con sus brazos al caer hacia atrás. Pero ni siquiera noté su olor, así que seguí subiendo y, agarrándome de un retal de telón que a algún operario despistado se le habría olvidado quitar, llegué.
“¿No hay nadie que actúe conmigo?”. Miraba a las butacas y no veía un alma, caminaba en círculos asomándome a los pequeños huecos que las telas rojas dejaban entrever. Nadie entre bastidores, nadie en la escena, nadie en los palcos. Sólo yo, con mis ganas de actuar. “Entiéndelo, ya no queda nadie. Me lo habré buscado yo con mi arrogancia, mi falsa ironía y mis exigencias. Si hubiera aprendido a tener la boca cerrada y a comportarme tal y como soy probablemente estarían aquí a mi lado”. Enfadada me bajé del escenario y corrí hacia la puerta buscando la salida, pero, “¡Ay! Toda la vida en este teatro y todavía no he aprendido a caminar descalza sin quemarme los pies”.
Se cierra el telón.
martes, 5 de abril de 2011
Duodécimo momento: tequila con naranja
Los viernes somos pocos en clase, y a mí aquel primer día de abril me vino bastante bien. Necesitaba una mirada que me hiciera olvidar y una sonrisa amiga, y por eso me senté a su lado, asegurándome de esta manera tener cerca esa mezcla explosiva que me hace sentir siempre como en casa. Me miró de reojo un par de veces, y gracias a la absurda atención que he puesto siempre en intentar conocerlo supe que se avecinaba algo:
- Esta mañana he leído una cosa en tu blog.
- Creo que prefiero que no comentes nada, y menos destructivo.
- No era destructivo. Está… bien, y me he sentido un poco identificado.
- ¿En serio? ¡Pues no era para ti! Oye, le he escrito a mucha gente, pero a ti nunca, ¿verdad? Tendré que pensarme si te escribo algo, ¿no?
- No, no. No hace falta.
- Esta mañana he leído una cosa en tu blog.
- Creo que prefiero que no comentes nada, y menos destructivo.
- No era destructivo. Está… bien, y me he sentido un poco identificado.
- ¿En serio? ¡Pues no era para ti! Oye, le he escrito a mucha gente, pero a ti nunca, ¿verdad? Tendré que pensarme si te escribo algo, ¿no?
- No, no. No hace falta.
Pero mi mente rara vez está en consonancia con lo que se ha dicho, y como siempre empezó a viajar ella sola a través de la línea del tiempo que une el día en que nos conocimos y el preciso momento en el que estábamos, un año y medio después, con tantas experiencias conjuntas detrás. Buscaba un “momento robado” para incluirlo a la lista, una pequeña sentencia o quizás un gesto que en su tiempo me hubiera cautivado. Buscaba un minúsculo Big Bang con la capacidad de crear un texto casi perfecto que pudiera pasar el juicio del exigente destinatario. Pensando me descubrí a mi misma en mi lugar de meditación (mi querido Peugeot 306 sin radio) tres horas después, sin conseguir encontrar un punto de partida.
Entonces me di cuenta de que en realidad no hay nada cuantificable ni fácil de recordar, nada que sirva para explicar por qué he dejado que se convierta en una de las personas más especiales de mi vida. A veces no sabe escuchar, con frecuencia me quejo de que soy la última en la que se apoya cuando necesita un consejo o simplemente a un amigo, no puedo negar que me he entristecido sumamente con sus comentarios hirientes e incluso he llegado a detestar esa fina y sutil ironía que siempre va acompañada de una mueca de suficiencia. Y sin embargo, tal y como decía aquella canción, le quiero.
Pero ignoro el porqué, y quizás eso es lo que me hace cuidarme de que se aleje de mí. Siempre me ha parecido curioso la capacidad que yo misma concedo a algunas personas para meterse en mi corazón sea de la manera que sea, nunca he entendido mi propio criterio, y me temo que por algún tiempo seguiré sin comprender qué pasa dentro de mí para acabar formando parte de la órbita de un sol que a veces quema demasiado.
Y aun así no puedo evitar estar convencida de que merece la pena dar tanto de mí misma si con eso consigo que él me conozca tanto como para saber por qué y, sobre todo, a quién escribo esta vez.
domingo, 3 de abril de 2011
Undécimo momento: sin banderillas
Desde el burladero la vi salir. Era pequeñita y casi no tenía cuernos. La becerrita caminaba jocosa entre aquellos que, capote en mano, esperaban su turno para darle algún pase. De vez en cuando embestía, aún torpemente, y entre el griterío de algunas mujeres que se sentaban en la grada y las risas de otros salía airosa y volvía a pasearse con la que a mí me pareció la alegría ingenua de la niñez. No había hostilidad ni violencia en el ambiente, aquello era sólo un encuentro amistoso con ellos, en igualdad de condiciones. Y cuando me tocó a mí salir a su encuentro la miré y vi en sus ojos bondad, pureza.
“Esto podría ser siempre así” – Pensé – “Sin vejaciones, sin sangre, sin muertes en el ruedo”.
¿Por qué al ser humano le cuesta tanto estar en armonía con la naturaleza? La mayoría de nosotros vivimos en una burbuja de maloliente humo, tráfico, tiendas, semáforos en rojo e inmensos edificios a los que acudimos diariamente para ganarnos el pan. Y nos sentimos orgullosos de lo que hemos creado, alabando los progresos de la ciencia y la tecnología que nos encumbran como animal inteligente. A pesar de eso, basta con trasladarnos un día a un ambiente rural para inspirar profundamente, cerrar los ojos, volver a abrirlos y admirar lo que nos puede ofrecer el abanico de colores que nos da nuestra mamá tierra cuando no ha sido corrompida.
Todos, absolutamente todos los seres que poblamos esta gran orbe azul tenemos una función dentro del ciclo de la vida, aunque nosotros, egoístas, pensemos que algunos sólo están para molestar, para posarse en nuestra anhelada sardina de las dos de la tarde del mes de agosto o para ser toreados. Y en el preciso momento en que comprendemos que somos un todo podemos amar a los seres vivos indistintamente de cuál sea su especie de una manera pacífica, calmada, preciosa.
Yo me propuse realizar este pequeño ejercicio mientras disfrutaba de un paseo en carreta por la dehesa, y pude gozar del viento, el olor de las flores, el rugoso tacto de la corteza de los árboles, el color grisáceo del cielo – que no es menos bello por ser menos azul - y el sonido de los pájaros piando desde sus ramas.
Pero más aún me quedé fascinada contemplando la mirada tranquila y serena de los toros que allí viven sin saber que son un producto de una causa que alimenta tantas bocas humanas, ignorando que sus hermosas astas son a la vez su mecanismo de defensa y su futura condena.
jueves, 31 de marzo de 2011
Décimo momento: infusión de energía
En el tótum revolutum que es nuestro amado e hiriente mundo nos cuesta encontrar a veces una llama de esperanza por la que amanecer felices. Nuestras temidas noches en vela pueden convertirse en dulce maná comparadas con la terrorífica idea de afrontar un nuevo día sin ganas, sin fuerza, sin pasión. El mismo peso que nos impedía antes dormir se nos cae como la más pesada de las rocas en nuestro pecho cuando suena el despertador con su sonido amenazante y su saludo atronador.
Y sin embargo, hay que levantarse.
Detrás de una reja que separa lo sacro de lo profano vive un ser de manos frágiles pero corazón valiente y sereno, una mujer que a pesar de sus años conserva dentro el espíritu diverdito e ingenuo de una niña, que además ha dedicado toda su vida y sabiduría a una causa tan decadente en estos días como respetable y bella: Dios. A todos los que dicen que la religión corrompe les invitaría gustosa a disfrutar de un maravilloso día en su compañía, escuchando sin lugar a aburrirse mil y una historias sobre enfermedades y curaciones, vidas que se fueron y vidas que continúan, personas que cambiaron y principios que permanecieron aferrados a la conciencia como se aferra un beso cuando sabe que es el último.
A demasiados kilómetros de allí como para que puedan disfrutar el uno del otro viven dos ojos inquietos y maduros por las decepciones, un hombre completamente mágico, irónico, divertido, según él un poco cruel y a veces hasta vulgar en algunos de sus parlamentos, pero que está estableciendo un futuro con ganas y con el mismo magnetismo atrayente de que goza su propia persona. Es totalmente profano en genio y figura, pero sabe transmitir el mismo júbilo que la maravillosa persona del caso anterior.
Son dos puntos de una constelación, dos estrellas que aparentemente sólo comparten apellido. Al fin y al cabo, ¿qué pueden tener en común una religiosa de clausura y un hombre de mundo dedicado al deporte?
La capacidad de ayudar a que una estrella que cree apagarse se levante.
Y sin embargo, hay que levantarse.
Detrás de una reja que separa lo sacro de lo profano vive un ser de manos frágiles pero corazón valiente y sereno, una mujer que a pesar de sus años conserva dentro el espíritu diverdito e ingenuo de una niña, que además ha dedicado toda su vida y sabiduría a una causa tan decadente en estos días como respetable y bella: Dios. A todos los que dicen que la religión corrompe les invitaría gustosa a disfrutar de un maravilloso día en su compañía, escuchando sin lugar a aburrirse mil y una historias sobre enfermedades y curaciones, vidas que se fueron y vidas que continúan, personas que cambiaron y principios que permanecieron aferrados a la conciencia como se aferra un beso cuando sabe que es el último.
A demasiados kilómetros de allí como para que puedan disfrutar el uno del otro viven dos ojos inquietos y maduros por las decepciones, un hombre completamente mágico, irónico, divertido, según él un poco cruel y a veces hasta vulgar en algunos de sus parlamentos, pero que está estableciendo un futuro con ganas y con el mismo magnetismo atrayente de que goza su propia persona. Es totalmente profano en genio y figura, pero sabe transmitir el mismo júbilo que la maravillosa persona del caso anterior.
Son dos puntos de una constelación, dos estrellas que aparentemente sólo comparten apellido. Al fin y al cabo, ¿qué pueden tener en común una religiosa de clausura y un hombre de mundo dedicado al deporte?
La capacidad de ayudar a que una estrella que cree apagarse se levante.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Noveno momento: se hace camino al andar
¿Alguna vez habéis escuchado que la vida no es un camino de rosas? Pues bien, habrá gente que se ría de esta pregunta retórica tan recurrente, aquellos tocados por la gracia de un ángel para los que la vida ha sido casi un cuento, cuyo mayor problema es en qué banco guardar el dinero o de qué manera despedir a un subordinado. Para ellos la vida sí ha sido un camino de rosas, o al menos de otro tipo de flor no tan exquisita y con tantos espinados sinsabores.
Su vida es anhelada por todos aquellos a los que hasta la más afilada espina les sabría a poco, porque están acostumbrados a avanzar levantando todas las piedras de su particular camino lleno de hipotecas y sueños a medio realizar.
Es despreciada por aquellos corazones que recorren el mundo buscando una vía alternativa a la existencia consumista y burguesa, y que quieren construir un mundo repleto de caminos en el que todos podamos pisar con los pies descalzos. Y es finalmente ignorada por aquellos que siguen una senda que lleva a ninguna parte, sin salida o con miles de desvíos, pero cuya ausencia de señales o carteles luminosos permite que su existencia sea, si no libre, ausente de ataduras formales.
Sin embargo, cualquiera sea la vía que queramos tomar, siempre va a haber un animal más grande en el reino que nos coma, que como un depredador sibilino se arrastre tras de nosotros por el camino que hemos elegido para succionarnos y aprovecharse de nuestra banal existencia. No podemos chocar con él porque sabemos que con unas gotas de veneno es capaz de acabar con nuestra vida. Simplemente jugamos a arrastrarnos por el fango, temerosos, huidizos y veloces, esperando que nuestro encorbatado ladrón no nos dé alcance.
Dos conductores viajan por un camino de albero en tierras andaluzas. Uno de ellos está al mando de un Jeep Gran Cherokee, trazando dibujos en el suelo a doscientos kilómetros por hora. No tiene miedo, lleva la ventana abierta y el ruido atronador del motor y el aire enfurecido no le dejan pensar en nada. De repente choca contra algo, parece pequeño, casi no se ha enterado, pero se ha tenido que parar en seco. Se baja del vehículo y a través de la nube de polvo consigue ver lo que ha pasado. Un pequeño Peugeot 206 malherido por el impacto aloja en su interior a un hombre de mediana estatura, con las gafas rotas y el rostro desencajado por el espanto. Parece que se ha lastimado gravemente, la sangre comienza a hacer aparición. “No importa, paga el seguro”.
viernes, 21 de enero de 2011
Octavo momento: San Francisco en la Alameda
A veces la felicidad de las personas que me rodean se convierte en mi propia alegría, a veces un instante robado me sirve para volver a mi casa conduciendo y meditando, como siempre hago mientras surco la ciudad en un coche que ni siquiera es del todo mío, pero sí es oyente de mis más escondidos pensamientos. A veces mi gratificante y estrafalaria tarea de robar momentos ajenos se vuelve egoísta y extremadamente placentera para mí. Pero no puede ser de otra forma cuando te encuentras en un bar de esos con las paredes pintadas de grupos de amigos y la barra llena de círculos perfectos que dejaron todas las cervezas apoyadas en ella, siervas de bocas de adolescentes sedientos y con ganas de reír una tarde después de clase.
En el bar en el que puedes poner tranquilamente los pies en el sofá se encuentra una persona de ideas fijas y con una risa que siempre he considerado maravillosa, porque cada vez que nos la enseña a todos yo no puedo dejar de mirarla. Nuestra niña rebelde se ríe de verdad, a la vez que apura varios platos en los que han quedado algunos residuos de chocolate líquido. Mientras, la persona más sensata que he conocido come callada el mismo dulce que yo puedo degustar, por cierto gracias a ella. Siempre me hace sentir segura, consiguiendo ver en ella casi un referente maternal. Cualquier aportación que haga es buena, cualquier consejo es digno de ser escuchado, sus palabras me parecen siempre cargadas de inteligencia y sus comentarios ingeniosos pueden provocar un sinfín de sensaciones. No muy lejos de ella una persona con el corazón lleno de calidez cuenta monedas, intentando averigüar si con lo que ha traído tiene bastante para invitar a alguien a una copa, en una nueva muestra de generosidad altruísta de las que la hacen ser peligrosamente buena para el mundo en el que vivimos. Él no para de dar buenas ideas, se le ve agusto, contento. Es el único chico que hay entre tanta mujer, el mimado. Su cara de ángel y su voz tranquilizadora y calmada hacen que mantener una charla con él te transporte a cualquier lugar donde no hay ruido, sólo palabras coherentes y alguna risa baja y amable. Pero ella no, ella tiene una fuerza en la voz que podría alterar a cualquiera, y una risa que le encanta compartir con todo el mundo y llama al jolgorio, a la fiesta. Consigue que hasta un día en el que deberíamos estar preocupados por estudiar parezca un domingo.
Y a mi lado como siempre la dueña del fular que un día, no hace mucho, encontré en clase. La que por mí nos ha exhortado a todos para que salgamos a uno de nuestros lugares favoritos a, simplemente, estar un rato juntos. La única que ha vivido con tanta ilusión como yo mi cumpleaños. Su interior es pura felicidad y entusiasmo, pero por dentro lleva un cartel de "NO TOCAR" como los que vemos en muchas tiendas junto a las frágiles figuras de porcelana. Demasiados momentos le he robado, demasiados guardo conmigo. Persona difícil de conocer y difícil de olvidar, un regalo envuelto en ratos agridulces que siempre compensan.
Si mi visión de ellos es subjetiva por el cariño que les tengo no lo sé, pero mi manera de darles las gracias por acompañarme en un día que, no sé por qué razon, vivo aún con la ilusión de una niña de diez años, es haberles sustraído un poquito de la esencia que creo conocer de ellos. No hay más gratitud en este día que entender de verdad lo que significa el buen amor, la buena compañía. Es curioso, me han llevado tres largas clases y sólo diez minutos para entender lo que significa "completamente jueves".
En el bar en el que puedes poner tranquilamente los pies en el sofá se encuentra una persona de ideas fijas y con una risa que siempre he considerado maravillosa, porque cada vez que nos la enseña a todos yo no puedo dejar de mirarla. Nuestra niña rebelde se ríe de verdad, a la vez que apura varios platos en los que han quedado algunos residuos de chocolate líquido. Mientras, la persona más sensata que he conocido come callada el mismo dulce que yo puedo degustar, por cierto gracias a ella. Siempre me hace sentir segura, consiguiendo ver en ella casi un referente maternal. Cualquier aportación que haga es buena, cualquier consejo es digno de ser escuchado, sus palabras me parecen siempre cargadas de inteligencia y sus comentarios ingeniosos pueden provocar un sinfín de sensaciones. No muy lejos de ella una persona con el corazón lleno de calidez cuenta monedas, intentando averigüar si con lo que ha traído tiene bastante para invitar a alguien a una copa, en una nueva muestra de generosidad altruísta de las que la hacen ser peligrosamente buena para el mundo en el que vivimos. Él no para de dar buenas ideas, se le ve agusto, contento. Es el único chico que hay entre tanta mujer, el mimado. Su cara de ángel y su voz tranquilizadora y calmada hacen que mantener una charla con él te transporte a cualquier lugar donde no hay ruido, sólo palabras coherentes y alguna risa baja y amable. Pero ella no, ella tiene una fuerza en la voz que podría alterar a cualquiera, y una risa que le encanta compartir con todo el mundo y llama al jolgorio, a la fiesta. Consigue que hasta un día en el que deberíamos estar preocupados por estudiar parezca un domingo.
Y a mi lado como siempre la dueña del fular que un día, no hace mucho, encontré en clase. La que por mí nos ha exhortado a todos para que salgamos a uno de nuestros lugares favoritos a, simplemente, estar un rato juntos. La única que ha vivido con tanta ilusión como yo mi cumpleaños. Su interior es pura felicidad y entusiasmo, pero por dentro lleva un cartel de "NO TOCAR" como los que vemos en muchas tiendas junto a las frágiles figuras de porcelana. Demasiados momentos le he robado, demasiados guardo conmigo. Persona difícil de conocer y difícil de olvidar, un regalo envuelto en ratos agridulces que siempre compensan.
Si mi visión de ellos es subjetiva por el cariño que les tengo no lo sé, pero mi manera de darles las gracias por acompañarme en un día que, no sé por qué razon, vivo aún con la ilusión de una niña de diez años, es haberles sustraído un poquito de la esencia que creo conocer de ellos. No hay más gratitud en este día que entender de verdad lo que significa el buen amor, la buena compañía. Es curioso, me han llevado tres largas clases y sólo diez minutos para entender lo que significa "completamente jueves".
miércoles, 5 de enero de 2011
Séptimo momento: envuélvalo, por favor.
El amor duele, no puedo estar más de acuerdo conmigo. No quisiera resultar excesivamente pretenciosa, ni espero que se note en demasía que hoy estoy especialmente indignada con ese santísimo sentimiento, pero empiezo a comprobar cada día con más fuerza que estas entrañables y "familiares" fiestas lo magnifican todo. A mi lector le bastará para entenderme haberse pasado unas horas en algún centro comercial los últimos días, haber observado bien a las personas que le han rodeado en sus ajetreadas pero necesarias compras y haber echado algo o a alguien de menos.
Ella es rubia, tiene unas facciones preciosas y unos ojos azules que irradian felicidad. Él es alto, de tez morena y ojos negros, y con una sonrisa de cine protagonizada por dos hileras perfectas de blancos dientes. No tiene reparo en mostrarlos, a pesar de que carga varias bolsas en sus fuertes y masculinas manos llenas de ropa, complementos y regalos para su acompañante. Los dos se miran, ella un peldaño superior a él en las escaleras mecánicas. Se miran en silencio, contemplando sus rostros cansados a causa de un día completo de compras, pero con alegría y regocijo porque saben que han superado un año más, que están exactamente donde estaban antes de la última vuelta terrestre alrededor del astro rey y haciendo lo mismo, demostrando con un puñado de detalles materiales lo mucho que se quieren.
Al otro lado de la escalera mecánica y en dirección opuesta dos adolescentes de unos quince años, ataviados con sendas prendas deportivas idénticas con alguna inscripción detrás, imagino de un equipo de fútbol de barrio. En sus manos dos peluches iguales, vuelvo a imaginar para dos novias que previsiblemente tendrán también una relación bastante estrecha, formando así un cuadrado de amor adolescente totalmente enternecedor.
Hasta aquí todo bien, tres parejas que se aman. Pero en estas fechas todos estamos tan borrachos de amor por padres, tíos, primos, hermanos, abuelos y amigos que nos olvidamos de aquellas personas que están a medio camino entre las dos direcciones de la escalera mecánica, que estando en sentido descendente miran a los de arriba preguntándose todavía qué tendrá de especial la Navidad. Y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos, a olvidarnos de que este año no tienen ninguna alianza de oro que echar en su copa de champagne. Este año no tienen ni bombones ni anillos con inscripción, nadie va a ir en la tarde de epifanía a traerles un inmenso peluche. Pero al menos tienen la cámara digital de mamá y la colonia del abuelo.
Mensaje para todo aquel que haya sentido que con este escrito le robo un momento de su vida: felicidades.
Ella es rubia, tiene unas facciones preciosas y unos ojos azules que irradian felicidad. Él es alto, de tez morena y ojos negros, y con una sonrisa de cine protagonizada por dos hileras perfectas de blancos dientes. No tiene reparo en mostrarlos, a pesar de que carga varias bolsas en sus fuertes y masculinas manos llenas de ropa, complementos y regalos para su acompañante. Los dos se miran, ella un peldaño superior a él en las escaleras mecánicas. Se miran en silencio, contemplando sus rostros cansados a causa de un día completo de compras, pero con alegría y regocijo porque saben que han superado un año más, que están exactamente donde estaban antes de la última vuelta terrestre alrededor del astro rey y haciendo lo mismo, demostrando con un puñado de detalles materiales lo mucho que se quieren.
Al otro lado de la escalera mecánica y en dirección opuesta dos adolescentes de unos quince años, ataviados con sendas prendas deportivas idénticas con alguna inscripción detrás, imagino de un equipo de fútbol de barrio. En sus manos dos peluches iguales, vuelvo a imaginar para dos novias que previsiblemente tendrán también una relación bastante estrecha, formando así un cuadrado de amor adolescente totalmente enternecedor.
Hasta aquí todo bien, tres parejas que se aman. Pero en estas fechas todos estamos tan borrachos de amor por padres, tíos, primos, hermanos, abuelos y amigos que nos olvidamos de aquellas personas que están a medio camino entre las dos direcciones de la escalera mecánica, que estando en sentido descendente miran a los de arriba preguntándose todavía qué tendrá de especial la Navidad. Y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos, a olvidarnos de que este año no tienen ninguna alianza de oro que echar en su copa de champagne. Este año no tienen ni bombones ni anillos con inscripción, nadie va a ir en la tarde de epifanía a traerles un inmenso peluche. Pero al menos tienen la cámara digital de mamá y la colonia del abuelo.
Mensaje para todo aquel que haya sentido que con este escrito le robo un momento de su vida: felicidades.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
