martes, 30 de noviembre de 2010

Tercer momento: burro, asno, borrico, rucio, jumento.

Cualquier vehículo o peatón que pasara hoy por la desviación que se toma en la autovía de Málaga para acceder a la Avenida de las Ciencias de Sevilla, podría haber visto una escena pintoresca y singular donde las haya. Unos policías habían acordonado la zona, todo aparecía lleno de luces y un conductor se lamentaba al lado de su coche por haber tenido una colisión. ¿El motivo? Dos niños en un carro conducido por un burro.

Normalmente no me atrevería a interpretar un accidente a mi libre albedrío, pero en esta ocasión parecía que estaba bastante claro que la velocidad a la que iba el coche hizo que su dueño tuviera que esquivar rápidamente al asno y sus pasajeros, maniobrar forzadamente y perder finalmente el control. El dueño se lamentaba y se llevaba las manos a la cabeza, seguramente pensando en el seguro, el dinero que se va a gastar en arreglar desperfectos, la bronca de su señora y muchas cosas más. Pero, ¿y los otros protagonistas?

Los dos jóvenes parecían tranquilos, ni siquiera se habían bajado de sus humildes asientos. Simplemente esperaban a que los agentes les dejaran marcharse, para llegar a su destino silbando por el camino, como si de dos niños cantarines de la televisión de la España del Caudillo se tratara. El jumento, claro está, no había sufrido daño alguno, y movía las orejas mirándonos a todos pasar.

Y mientras perdía en la distancia de mi espejo retrovisor a Marisol, Joselito y su burro, me imaginé lo que el dócil asno estaría pensando si los de su especie pudieran pensar. Y es que a veces acogerse a la vida sencilla es la más acertada de las ideas. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

Segundo momento: el rincón donde nadie es nadie

Dos de la tarde, una madre y sus dos hijos almuerzan tranquilamente mientras fuera, en la calle, una tromba de agua casi ensordecedora protagoniza las calles de Sevilla.

Ella estaba allí, con su menú dispuesto a todo aquel comensal que quisiera degustar un rico y casero plato hecho con el amor de los que se dedican a la cocina por vocación. Ella estaba ahí, con su melena rubia ondulada y sus gafas de metal finísimo, sonriendo a toda persona que pasara por su rincón, el restaurante donde lleva trabajando tantos años y en el que cada día desempeña su labor con acierto y dedicación. Ella estaba ahí para tomar nota a todos, repartir el pan con una cesta de mimbre y unas pinzas, servir copas y platos, para finalmente traer la cuenta con mucha educación. Pero no sólo ella estaba ahí. Todos ellos la acompañaban: una pareja que llega temprano y se sienta en su sitio de siempre, una familia que decide acomodarse en una mesa amplia para que los niños puedan ocupar las sillas que gusten, una señora mayor vestida con pieles y acompañada por un enorme peinado, un trabajador que llega todos los días a la misma hora y pide su tapa habitual, algunos extranjeros que se han decantado por un restaurante céntrico cualquiera y la pareja de ancianos que habita una vetusta mansión a unos diez minutos andando. Están todos, no falta ninguno.

Quieren disfrutar de un buen almuerzo, del calor de un lugar resguardado del frío y la lluvia, pero sobre todo de sus camareros de siempre. Y es que ellos, como tantísimas personas, encuentran sumamente gratificante ir algunos días al mismo lugar, céntrico y humilde, a hablar con personas que van a estar ahí incondicionalmente, al otro lado de la barra, escuchando vivencias e intercambiando opiniones. Quizás sean ellos los primeros que necesitan compañía para afrontar con ánimo las duras jornadas, aún más cruentas en días como éstos en los que apenas nadie puede permitirse salir a comer fuera. Pero allí están, de un lado los camareros, metres y cocineros; del otro los clientes, todos unidos, regocijándose por tener un lugar donde poder ir siempre, donde saben que no están comiendo carne de dudosa procedencia porque aprecian a la cocinera como a su propia tía, esa que todos tenemos y que se encarga de hacer siempre las comidas familiares. Aquí el vino es inmejorable porque conocen tan bien al que lo provee que no podrían jamás pensar que trajera uno de mala calidad. La calefacción es magnífica, siéntense a comprobarlo. El trato exquisito, pues la mujer rubia lo tiene todo bajo control. No hay peligro de encontrarse perdido, pues a cada momento habrá una cara que ya conocemos, algo que nos acoge y nos hace sentir siempre felices. Después de todo, ¿quién no ha tenido miedo alguna vez a sentirse solo? Aquí esto no pasa, bienvenidos al lugar donde la comida es lo de menos.


Dos de la tarde, una madre y sus dos hijos almuerzan tranquilamente mientras fuera, en la calle, una tromba de agua casi ensordecedora protagoniza las calles de Sevilla.

    - ¿Te gusta la comida, Rocío?
    -   Sí, está riquísima. Oye mamá, ¿te has dado cuenta de que a este restaurante siempre viene la misma gente? Mira como los saluda a todos la camarera, parece que se conozcan desde hace años...

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Primer momento: Un fular con olor a persona

Aproximadamente a las seis menos veinte de la tarde, un crujir de sillas en mal estado y un profesor de poca altura y gran sabiduría daban comienzo a la última clase del día. Yo, nerviosa e inquieta como de costumbre, me movía por mi asiento toqueteándolo todo, contando los bolígrafos y lápices una y otra vez, pasando hojas y mirando hacia todos lados, buscando las miradas de mis compañeros. De repente reviso la bandeja que cada uno tiene debajo de su mesa y toco algo suave, parece un pañuelo. Lo extraigo y constato que efectivamente es un fular, decorado a rayas blancas y grises, con una textura bastante agradable, que probablemente alguien se haya dejado olvidado. Vuelvo a mirar a los lados con el pañuelo en la mano, pero nadie lo reclama. Lo miro otra vez, y, de repente, lo acerco a mi nariz e inspiro profundamente...

Por muchos perfumes, elixires y fragancias que inventen ninguna será comparable a la de una persona especial, esa que lleva en ella impregnada desde su nacimiento y que inunda su cuerpo, su pelo, su aliento e incluso su propia casa. Todos podríamos cerrar los ojos en cualquier lugar y reconocer el aroma de una, dos, quizás tres personas entre un millón, porque cuando conocemos a alguien que nos interesa inconscientemente aspiramos su olor y lo retenemos en la memoria. Ni que decir tiene que cuando empezamos a apreciarlo, quererlo o a enamorarnos el efecto embriagador se multiplica por mil. A veces incluso la sensación es tan intensa que somos capaces de traerlos a la conciencia cuando queremos, pudiendo disfrutar de él en nuestra soledad, acompañados de una copa de nostalgia, tristeza o placer. Y qué maravilloso es cuando podemos por fin disfrutarlo en directo, cuando una brisa cargada de cariño nos pasa por delante y estimula nuestros sentidos. Es el olor del tabaco que fuma un abuelo, el plato estrella de una madre, la colonia que siempre usaba un novio que se fue, o el fular que una amiga dejó olvidado en clase.

Supe desde el principio que era de ella. La vi después de un rato y se lo devolví. Tenía ese olor ácido que caracteriza su piel, más unas gotitas de algo que se echa todos los días, cuyo nombre nunca recuerdo y que ha quedado para siempre atrapado en su ropa. Podría olvidar un cumpleaños, cualquier otra fecha importante, una cita o algo que me dijo y que debería recordar. Pero a pesar de cuantos fallos mentales pueda tener hay una operación bastante sencilla que mi cabeza siempre podrá hacer: es su fular, es su olor, es mi amiga.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Filosofía de vida

Mi padre siempre dice que la vida es un sendero sobre un segmento, y que nuestra misión consiste en ir del punto A al punto B de manera que al llegar al punto B hayamos acumulado la mayor cantidad posible de felicidad. Sólo si lo conseguimos podremos decir que el esfuerzo de vivir ha sido válido, y entonces no tendremos miedo a la muerte. Esto era lo que mi padre me explicaba, con una mezcla de cariño y enfado, cada vez que de niña me despertaba llorando, pensando en la muerte y el fin del mundo. Por aquel entonces creía que eran consejos estúpidos, pero lo cierto es que me sirvieron hasta el punto de que se han convertido en mi propia filosofía de vida.

Ser feliz. Cuando pensamos en esta idea la encontramos tan efímera e imposible de alcanzar que ni intentamos hacerlo, o eso decimos. Pero como siempre el ser humano se contradice, pues a lo largo de toda nuestra vida peleamos por tener cerca a la gente que amamos, elegir nuestras ocupaciones, estudios o hobbies y conseguir un trabajo en el que nos podamos sentir realizados. Al fin y al cabo esto no es sino correr detrás de un ente que no tocaremos, pero que nos da fuerzas para, al menos, levantarnos cada día.

Sin embargo, y ya al margen de las grandes decisiones, encontramos un grupo de pequeños detalles a los que no damos importancia, pero que por alguna razón en algún momento determinado ocuparon nuestra mente. Me parece algo horrible que desaparezcan de nuestras vidas sin dejar apenas rastro, y por eso quiero dedicar mi humilde hueco en el gran universo virtual a todas esas cosas que resultan aburridas si las contamos en una cafetería usando nuestra propia voz pero que quizás con una pizca de estética consigan hacer disfrutar a más de uno.

Hoy, tras muchos días sin hacerlo, he cogido el autobús, y me he quedado sencillamente prendada de una conversación entre dos ancianos que hablaban sobre los jóvenes y el respeto. Más tarde, se ha sentado a mi lado una niña de pelo rojizo que escuchaba música en unos enormes auriculares. Al igual que mi única ocupación era observarla disimuladamente, la suya era cantar con voz sorda la letra de sus canciones. Y de repente, esbozó una sonrisa sencillamente maravillosa. Fue en ese momento, imaginándomela recordando un beso, una locura o un momento especial en su vida, cuando me pregunté por qué una charla entre dos señores de la España profunda o una sonrisa de una pelirroja no podían ser datos dignos de recuerdo y mención.

Por eso este es su lugar, porque me voy a entrometer en sus vidas y a robarles un instante de ellas; y a la vez es el mío, porque todos esos instantes robados más algunos que pertenecen a mi propia vida conforman la persona que soy, y probablemente la que seré.