Dos de la tarde, una madre y sus dos hijos almuerzan tranquilamente mientras fuera, en la calle, una tromba de agua casi ensordecedora protagoniza las calles de Sevilla.
Ella estaba allí, con su menú dispuesto a todo aquel comensal que quisiera degustar un rico y casero plato hecho con el amor de los que se dedican a la cocina por vocación. Ella estaba ahí, con su melena rubia ondulada y sus gafas de metal finísimo, sonriendo a toda persona que pasara por su rincón, el restaurante donde lleva trabajando tantos años y en el que cada día desempeña su labor con acierto y dedicación. Ella estaba ahí para tomar nota a todos, repartir el pan con una cesta de mimbre y unas pinzas, servir copas y platos, para finalmente traer la cuenta con mucha educación. Pero no sólo ella estaba ahí. Todos ellos la acompañaban: una pareja que llega temprano y se sienta en su sitio de siempre, una familia que decide acomodarse en una mesa amplia para que los niños puedan ocupar las sillas que gusten, una señora mayor vestida con pieles y acompañada por un enorme peinado, un trabajador que llega todos los días a la misma hora y pide su tapa habitual, algunos extranjeros que se han decantado por un restaurante céntrico cualquiera y la pareja de ancianos que habita una vetusta mansión a unos diez minutos andando. Están todos, no falta ninguno.
Quieren disfrutar de un buen almuerzo, del calor de un lugar resguardado del frío y la lluvia, pero sobre todo de sus camareros de siempre. Y es que ellos, como tantísimas personas, encuentran sumamente gratificante ir algunos días al mismo lugar, céntrico y humilde, a hablar con personas que van a estar ahí incondicionalmente, al otro lado de la barra, escuchando vivencias e intercambiando opiniones. Quizás sean ellos los primeros que necesitan compañía para afrontar con ánimo las duras jornadas, aún más cruentas en días como éstos en los que apenas nadie puede permitirse salir a comer fuera. Pero allí están, de un lado los camareros, metres y cocineros; del otro los clientes, todos unidos, regocijándose por tener un lugar donde poder ir siempre, donde saben que no están comiendo carne de dudosa procedencia porque aprecian a la cocinera como a su propia tía, esa que todos tenemos y que se encarga de hacer siempre las comidas familiares. Aquí el vino es inmejorable porque conocen tan bien al que lo provee que no podrían jamás pensar que trajera uno de mala calidad. La calefacción es magnífica, siéntense a comprobarlo. El trato exquisito, pues la mujer rubia lo tiene todo bajo control. No hay peligro de encontrarse perdido, pues a cada momento habrá una cara que ya conocemos, algo que nos acoge y nos hace sentir siempre felices. Después de todo, ¿quién no ha tenido miedo alguna vez a sentirse solo? Aquí esto no pasa, bienvenidos al lugar donde la comida es lo de menos.
Dos de la tarde, una madre y sus dos hijos almuerzan tranquilamente mientras fuera, en la calle, una tromba de agua casi ensordecedora protagoniza las calles de Sevilla.
- ¿Te gusta la comida, Rocío?
- Sí, está riquísima. Oye mamá, ¿te has dado cuenta de que a este restaurante siempre viene la misma gente? Mira como los saluda a todos la camarera, parece que se conozcan desde hace años...