Aproximadamente a las seis menos veinte de la tarde, un crujir de sillas en mal estado y un profesor de poca altura y gran sabiduría daban comienzo a la última clase del día. Yo, nerviosa e inquieta como de costumbre, me movía por mi asiento toqueteándolo todo, contando los bolígrafos y lápices una y otra vez, pasando hojas y mirando hacia todos lados, buscando las miradas de mis compañeros. De repente reviso la bandeja que cada uno tiene debajo de su mesa y toco algo suave, parece un pañuelo. Lo extraigo y constato que efectivamente es un fular, decorado a rayas blancas y grises, con una textura bastante agradable, que probablemente alguien se haya dejado olvidado. Vuelvo a mirar a los lados con el pañuelo en la mano, pero nadie lo reclama. Lo miro otra vez, y, de repente, lo acerco a mi nariz e inspiro profundamente...
Por muchos perfumes, elixires y fragancias que inventen ninguna será comparable a la de una persona especial, esa que lleva en ella impregnada desde su nacimiento y que inunda su cuerpo, su pelo, su aliento e incluso su propia casa. Todos podríamos cerrar los ojos en cualquier lugar y reconocer el aroma de una, dos, quizás tres personas entre un millón, porque cuando conocemos a alguien que nos interesa inconscientemente aspiramos su olor y lo retenemos en la memoria. Ni que decir tiene que cuando empezamos a apreciarlo, quererlo o a enamorarnos el efecto embriagador se multiplica por mil. A veces incluso la sensación es tan intensa que somos capaces de traerlos a la conciencia cuando queremos, pudiendo disfrutar de él en nuestra soledad, acompañados de una copa de nostalgia, tristeza o placer. Y qué maravilloso es cuando podemos por fin disfrutarlo en directo, cuando una brisa cargada de cariño nos pasa por delante y estimula nuestros sentidos. Es el olor del tabaco que fuma un abuelo, el plato estrella de una madre, la colonia que siempre usaba un novio que se fue, o el fular que una amiga dejó olvidado en clase.
Supe desde el principio que era de ella. La vi después de un rato y se lo devolví. Tenía ese olor ácido que caracteriza su piel, más unas gotitas de algo que se echa todos los días, cuyo nombre nunca recuerdo y que ha quedado para siempre atrapado en su ropa. Podría olvidar un cumpleaños, cualquier otra fecha importante, una cita o algo que me dijo y que debería recordar. Pero a pesar de cuantos fallos mentales pueda tener hay una operación bastante sencilla que mi cabeza siempre podrá hacer: es su fular, es su olor, es mi amiga.
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