A veces la felicidad de las personas que me rodean se convierte en mi propia alegría, a veces un instante robado me sirve para volver a mi casa conduciendo y meditando, como siempre hago mientras surco la ciudad en un coche que ni siquiera es del todo mío, pero sí es oyente de mis más escondidos pensamientos. A veces mi gratificante y estrafalaria tarea de robar momentos ajenos se vuelve egoísta y extremadamente placentera para mí. Pero no puede ser de otra forma cuando te encuentras en un bar de esos con las paredes pintadas de grupos de amigos y la barra llena de círculos perfectos que dejaron todas las cervezas apoyadas en ella, siervas de bocas de adolescentes sedientos y con ganas de reír una tarde después de clase.
En el bar en el que puedes poner tranquilamente los pies en el sofá se encuentra una persona de ideas fijas y con una risa que siempre he considerado maravillosa, porque cada vez que nos la enseña a todos yo no puedo dejar de mirarla. Nuestra niña rebelde se ríe de verdad, a la vez que apura varios platos en los que han quedado algunos residuos de chocolate líquido. Mientras, la persona más sensata que he conocido come callada el mismo dulce que yo puedo degustar, por cierto gracias a ella. Siempre me hace sentir segura, consiguiendo ver en ella casi un referente maternal. Cualquier aportación que haga es buena, cualquier consejo es digno de ser escuchado, sus palabras me parecen siempre cargadas de inteligencia y sus comentarios ingeniosos pueden provocar un sinfín de sensaciones. No muy lejos de ella una persona con el corazón lleno de calidez cuenta monedas, intentando averigüar si con lo que ha traído tiene bastante para invitar a alguien a una copa, en una nueva muestra de generosidad altruísta de las que la hacen ser peligrosamente buena para el mundo en el que vivimos. Él no para de dar buenas ideas, se le ve agusto, contento. Es el único chico que hay entre tanta mujer, el mimado. Su cara de ángel y su voz tranquilizadora y calmada hacen que mantener una charla con él te transporte a cualquier lugar donde no hay ruido, sólo palabras coherentes y alguna risa baja y amable. Pero ella no, ella tiene una fuerza en la voz que podría alterar a cualquiera, y una risa que le encanta compartir con todo el mundo y llama al jolgorio, a la fiesta. Consigue que hasta un día en el que deberíamos estar preocupados por estudiar parezca un domingo.
Y a mi lado como siempre la dueña del fular que un día, no hace mucho, encontré en clase. La que por mí nos ha exhortado a todos para que salgamos a uno de nuestros lugares favoritos a, simplemente, estar un rato juntos. La única que ha vivido con tanta ilusión como yo mi cumpleaños. Su interior es pura felicidad y entusiasmo, pero por dentro lleva un cartel de "NO TOCAR" como los que vemos en muchas tiendas junto a las frágiles figuras de porcelana. Demasiados momentos le he robado, demasiados guardo conmigo. Persona difícil de conocer y difícil de olvidar, un regalo envuelto en ratos agridulces que siempre compensan.
Si mi visión de ellos es subjetiva por el cariño que les tengo no lo sé, pero mi manera de darles las gracias por acompañarme en un día que, no sé por qué razon, vivo aún con la ilusión de una niña de diez años, es haberles sustraído un poquito de la esencia que creo conocer de ellos. No hay más gratitud en este día que entender de verdad lo que significa el buen amor, la buena compañía. Es curioso, me han llevado tres largas clases y sólo diez minutos para entender lo que significa "completamente jueves".
viernes, 21 de enero de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
Séptimo momento: envuélvalo, por favor.
El amor duele, no puedo estar más de acuerdo conmigo. No quisiera resultar excesivamente pretenciosa, ni espero que se note en demasía que hoy estoy especialmente indignada con ese santísimo sentimiento, pero empiezo a comprobar cada día con más fuerza que estas entrañables y "familiares" fiestas lo magnifican todo. A mi lector le bastará para entenderme haberse pasado unas horas en algún centro comercial los últimos días, haber observado bien a las personas que le han rodeado en sus ajetreadas pero necesarias compras y haber echado algo o a alguien de menos.
Ella es rubia, tiene unas facciones preciosas y unos ojos azules que irradian felicidad. Él es alto, de tez morena y ojos negros, y con una sonrisa de cine protagonizada por dos hileras perfectas de blancos dientes. No tiene reparo en mostrarlos, a pesar de que carga varias bolsas en sus fuertes y masculinas manos llenas de ropa, complementos y regalos para su acompañante. Los dos se miran, ella un peldaño superior a él en las escaleras mecánicas. Se miran en silencio, contemplando sus rostros cansados a causa de un día completo de compras, pero con alegría y regocijo porque saben que han superado un año más, que están exactamente donde estaban antes de la última vuelta terrestre alrededor del astro rey y haciendo lo mismo, demostrando con un puñado de detalles materiales lo mucho que se quieren.
Al otro lado de la escalera mecánica y en dirección opuesta dos adolescentes de unos quince años, ataviados con sendas prendas deportivas idénticas con alguna inscripción detrás, imagino de un equipo de fútbol de barrio. En sus manos dos peluches iguales, vuelvo a imaginar para dos novias que previsiblemente tendrán también una relación bastante estrecha, formando así un cuadrado de amor adolescente totalmente enternecedor.
Hasta aquí todo bien, tres parejas que se aman. Pero en estas fechas todos estamos tan borrachos de amor por padres, tíos, primos, hermanos, abuelos y amigos que nos olvidamos de aquellas personas que están a medio camino entre las dos direcciones de la escalera mecánica, que estando en sentido descendente miran a los de arriba preguntándose todavía qué tendrá de especial la Navidad. Y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos, a olvidarnos de que este año no tienen ninguna alianza de oro que echar en su copa de champagne. Este año no tienen ni bombones ni anillos con inscripción, nadie va a ir en la tarde de epifanía a traerles un inmenso peluche. Pero al menos tienen la cámara digital de mamá y la colonia del abuelo.
Mensaje para todo aquel que haya sentido que con este escrito le robo un momento de su vida: felicidades.
Ella es rubia, tiene unas facciones preciosas y unos ojos azules que irradian felicidad. Él es alto, de tez morena y ojos negros, y con una sonrisa de cine protagonizada por dos hileras perfectas de blancos dientes. No tiene reparo en mostrarlos, a pesar de que carga varias bolsas en sus fuertes y masculinas manos llenas de ropa, complementos y regalos para su acompañante. Los dos se miran, ella un peldaño superior a él en las escaleras mecánicas. Se miran en silencio, contemplando sus rostros cansados a causa de un día completo de compras, pero con alegría y regocijo porque saben que han superado un año más, que están exactamente donde estaban antes de la última vuelta terrestre alrededor del astro rey y haciendo lo mismo, demostrando con un puñado de detalles materiales lo mucho que se quieren.
Al otro lado de la escalera mecánica y en dirección opuesta dos adolescentes de unos quince años, ataviados con sendas prendas deportivas idénticas con alguna inscripción detrás, imagino de un equipo de fútbol de barrio. En sus manos dos peluches iguales, vuelvo a imaginar para dos novias que previsiblemente tendrán también una relación bastante estrecha, formando así un cuadrado de amor adolescente totalmente enternecedor.
Hasta aquí todo bien, tres parejas que se aman. Pero en estas fechas todos estamos tan borrachos de amor por padres, tíos, primos, hermanos, abuelos y amigos que nos olvidamos de aquellas personas que están a medio camino entre las dos direcciones de la escalera mecánica, que estando en sentido descendente miran a los de arriba preguntándose todavía qué tendrá de especial la Navidad. Y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos, a olvidarnos de que este año no tienen ninguna alianza de oro que echar en su copa de champagne. Este año no tienen ni bombones ni anillos con inscripción, nadie va a ir en la tarde de epifanía a traerles un inmenso peluche. Pero al menos tienen la cámara digital de mamá y la colonia del abuelo.
Mensaje para todo aquel que haya sentido que con este escrito le robo un momento de su vida: felicidades.
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