El amor duele, no puedo estar más de acuerdo conmigo. No quisiera resultar excesivamente pretenciosa, ni espero que se note en demasía que hoy estoy especialmente indignada con ese santísimo sentimiento, pero empiezo a comprobar cada día con más fuerza que estas entrañables y "familiares" fiestas lo magnifican todo. A mi lector le bastará para entenderme haberse pasado unas horas en algún centro comercial los últimos días, haber observado bien a las personas que le han rodeado en sus ajetreadas pero necesarias compras y haber echado algo o a alguien de menos.
Ella es rubia, tiene unas facciones preciosas y unos ojos azules que irradian felicidad. Él es alto, de tez morena y ojos negros, y con una sonrisa de cine protagonizada por dos hileras perfectas de blancos dientes. No tiene reparo en mostrarlos, a pesar de que carga varias bolsas en sus fuertes y masculinas manos llenas de ropa, complementos y regalos para su acompañante. Los dos se miran, ella un peldaño superior a él en las escaleras mecánicas. Se miran en silencio, contemplando sus rostros cansados a causa de un día completo de compras, pero con alegría y regocijo porque saben que han superado un año más, que están exactamente donde estaban antes de la última vuelta terrestre alrededor del astro rey y haciendo lo mismo, demostrando con un puñado de detalles materiales lo mucho que se quieren.
Al otro lado de la escalera mecánica y en dirección opuesta dos adolescentes de unos quince años, ataviados con sendas prendas deportivas idénticas con alguna inscripción detrás, imagino de un equipo de fútbol de barrio. En sus manos dos peluches iguales, vuelvo a imaginar para dos novias que previsiblemente tendrán también una relación bastante estrecha, formando así un cuadrado de amor adolescente totalmente enternecedor.
Hasta aquí todo bien, tres parejas que se aman. Pero en estas fechas todos estamos tan borrachos de amor por padres, tíos, primos, hermanos, abuelos y amigos que nos olvidamos de aquellas personas que están a medio camino entre las dos direcciones de la escalera mecánica, que estando en sentido descendente miran a los de arriba preguntándose todavía qué tendrá de especial la Navidad. Y nos dedicamos a disfrutar de lo que tenemos, a olvidarnos de que este año no tienen ninguna alianza de oro que echar en su copa de champagne. Este año no tienen ni bombones ni anillos con inscripción, nadie va a ir en la tarde de epifanía a traerles un inmenso peluche. Pero al menos tienen la cámara digital de mamá y la colonia del abuelo.
Mensaje para todo aquel que haya sentido que con este escrito le robo un momento de su vida: felicidades.
Qué razón tienes. Lástima que sólo sepamos ver este tipo de cosas cuando nos encontramos en la situación, cuando miramos hacia nosotros mismos y nos vemos así. Entonces, en un descuido de generosidad, se nos ocurre pensar que haya otros como nosotros, aunque ya sea demasiado tarde para hacerlos salir del hoyo, porque también estamos dentro.
ResponderEliminarsimplemente...me encanta =)
ResponderEliminares realmente maravilloso que una persona sepa encadenar palabras y crear historias tan reales como la vida misma, y es que yo estoy enganchada a estas fotografías sin revelar...y espero que no dejes nunca de escribir, te lo digo de corazón, que eres una pedazo de escritora, y por supuesto de persona.
Muchos besitos, no cambies :)