Para poder sustentar la vida de fin de semana que a mí me gusta llevar, no demasiado nociva pero sí bastante inquieta, hace algún tiempo que trabajo como profesora particular de inglés. Una de mis alumnas es un pintoresco personaje al que conocí no hace mucho tiempo, y que poco a poco me va fascinando por su enorme capacidad de albergar en ella a muchas personas a la vez. Es una estudiante del montón, que siempre intenta aprender con la mayor humildad posible y que me enternece enormemente cuando dibuja una mueca de incomprensión al escuchar palabras como “obsceno”. Es una madre ejemplar de una niña preciosa a la que he tenido el gusto de conocer hace poco y siempre camina a saltitos por su casa cuando yo estoy allí, tímida, pero contenta y orgullosa de que su madre sea una estudiante que usa cuadernos, libros y mochila, tal y como ella hace. Por si esto fuera poco, es portadora de un “look” compuesto por un cabello rubio platino que cada día se aproxima más al blanco, ropa con motivos inspirados en animales salvajes como la cebra y el leopardo y complementos del color del sol. Pero lo que a mí más me sorprende es que después de traspasar el umbral de su casa y conocerla a ella, con sus peculiaridades ya descritas, lo primero que acierta a ver la vista es una copia casi perfecta de “La fragua de Vulcano”, del que para mí es el mejor pintor de todos los tiempos: Velázquez.
Y ella sonríe, mira al cuadro y vuelve a sonreírme. “Es que mi abuelo era pintor”, me dice. Está claro que aprecia la obra tanto o más que yo, y quizás además de una forma mucho más bonita, porque donde yo veo trazos e historia del arte ella ve a su abuelo trabajando en su estudio, con las manos manchadas de mil colores y un olor mezcla de óleo, aguarrás y tabaco de pipa. Siempre pensé que era una injusticia que el arte se considerara algo tan distinguido y obsoleto, propio sólo de hombres con boina y perilla que se acarician el mentón con gesto pensativo mientras pasean por la galería de arte de cualquier vanguardista. Por eso me gustó tanto ver esa maravilla allí, en un salón corriente de una casa ubicada en un barrio trabajador de la ciudad. Me emocionó que ella hablara de él con tanta nostalgia y cariño, a la vez que sentí una profunda admiración por alguien que se atreve a copiar un cuadro de Don Diego.
Sin un marco, sin gente alrededor admirándola, sin un letrero a la derecha que aporte datos sobre el cuadro y aun siendo una copia, el arte me pareció en ese momento más exquisito que nunca.

me gusta. aunque dile eso a pilar bellido xD
ResponderEliminarComo diría Dalí: artiiista de artiisstas.
ResponderEliminarSin duda Velázquez tiene esa magia. Incluso el público 'profano', en el que me incluyo, es capaz de admirar la destreza y fascinarse con la habilidad del pintor.
Feliz Fin de Año!