martes, 5 de abril de 2011

Duodécimo momento: tequila con naranja

Los viernes somos pocos en clase, y a mí aquel primer día de abril me vino bastante bien. Necesitaba una mirada que me hiciera olvidar y una sonrisa amiga, y por eso me senté a su lado, asegurándome de esta manera tener cerca esa mezcla explosiva que me hace sentir siempre como en casa. Me miró de reojo un par de veces, y gracias a la absurda atención que he puesto siempre en intentar conocerlo supe que se avecinaba algo:

          -  Esta mañana he leído una cosa en tu blog.
          - Creo que prefiero que no comentes nada, y menos destructivo.
          - No era destructivo. Está… bien, y me he sentido un poco identificado.
          - ¿En serio? ¡Pues no era para ti! Oye, le he escrito a mucha gente, pero a ti nunca, ¿verdad? Tendré que pensarme si te escribo algo, ¿no?
          - No, no. No hace falta.

Pero mi mente rara vez está en consonancia con lo que se ha dicho, y como siempre empezó a viajar ella sola a través de la línea del tiempo que une el día en que nos conocimos y el preciso momento en el que estábamos, un año y medio después, con tantas experiencias conjuntas detrás. Buscaba un “momento robado” para incluirlo a la lista, una pequeña sentencia o quizás un gesto que en su tiempo me hubiera cautivado. Buscaba un minúsculo Big Bang con la capacidad de crear un texto casi perfecto que pudiera pasar  el juicio del exigente destinatario. Pensando me descubrí a mi misma en mi lugar de meditación (mi querido Peugeot 306 sin radio) tres horas después, sin conseguir encontrar un punto de partida.

Entonces me di cuenta de que en realidad no hay nada cuantificable ni fácil de recordar, nada que sirva para explicar por qué he dejado que se convierta en una de las personas más especiales de mi vida. A veces no sabe escuchar, con frecuencia me quejo de que soy la última en la que se apoya cuando necesita un consejo o simplemente a un amigo, no puedo negar que me he entristecido sumamente con sus comentarios hirientes e incluso he llegado a detestar esa fina y sutil ironía que siempre va acompañada de una mueca  de suficiencia. Y sin embargo, tal y como decía aquella canción, le quiero.

Pero ignoro el porqué, y quizás eso es lo que me hace cuidarme de que se aleje de mí. Siempre me ha parecido curioso la capacidad que yo misma concedo a algunas personas para meterse en mi corazón sea de la manera que sea, nunca he entendido mi propio criterio, y me temo que por algún tiempo seguiré sin comprender qué pasa dentro de mí para acabar formando parte de la órbita de un sol que a veces quema demasiado.

Y aun así no puedo evitar estar convencida de que merece la pena dar tanto de mí misma si con eso consigo que él me conozca tanto como para saber por qué y, sobre todo, a quién escribo esta vez. 

domingo, 3 de abril de 2011

Undécimo momento: sin banderillas

Desde el burladero la vi salir. Era pequeñita y casi no tenía cuernos. La becerrita caminaba jocosa entre aquellos que, capote en mano, esperaban su turno para darle algún pase. De vez en cuando embestía, aún torpemente, y entre el griterío de algunas mujeres que se sentaban en la grada y las risas de otros salía airosa y volvía a pasearse con la que a mí me pareció la alegría ingenua de la niñez. No había hostilidad ni violencia en el ambiente, aquello era sólo un encuentro amistoso con ellos, en igualdad de condiciones. Y cuando me tocó a mí salir a su encuentro la miré y vi en sus ojos bondad, pureza.

“Esto podría ser siempre así” – Pensé – “Sin vejaciones, sin sangre, sin muertes en el ruedo”.

¿Por qué al ser humano le cuesta tanto estar en armonía con la naturaleza? La mayoría de nosotros vivimos en una burbuja de maloliente humo, tráfico, tiendas, semáforos en rojo e inmensos edificios a los que acudimos diariamente para ganarnos el pan. Y nos sentimos orgullosos de lo que hemos creado, alabando los progresos de la ciencia y la tecnología que nos encumbran como animal inteligente. A pesar de eso, basta con trasladarnos un día a un ambiente rural para inspirar profundamente, cerrar los ojos, volver a abrirlos y admirar lo que nos puede ofrecer el abanico de colores que nos da nuestra mamá tierra cuando no ha sido corrompida.

Todos, absolutamente todos los seres que poblamos esta gran orbe azul tenemos una función dentro del ciclo de la vida, aunque nosotros, egoístas, pensemos que algunos sólo están para molestar, para posarse en  nuestra anhelada sardina de las dos de la tarde del mes de agosto o para ser toreados. Y en el preciso momento en que comprendemos que somos un todo podemos amar a los seres vivos indistintamente de cuál sea su especie de una manera pacífica, calmada, preciosa.

Yo me propuse realizar este pequeño ejercicio mientras disfrutaba de un paseo en carreta por la dehesa, y pude gozar del viento, el olor de las flores, el rugoso tacto de la corteza de los árboles, el color grisáceo del cielo – que no es menos bello por ser menos azul -  y el sonido de los pájaros piando desde sus ramas.

Pero más aún me quedé fascinada contemplando la mirada tranquila y serena de los toros que allí viven sin saber que son un producto de una causa que alimenta tantas bocas humanas, ignorando que sus hermosas astas son a la vez su mecanismo de defensa y su futura condena.