Los viernes somos pocos en clase, y a mí aquel primer día de abril me vino bastante bien. Necesitaba una mirada que me hiciera olvidar y una sonrisa amiga, y por eso me senté a su lado, asegurándome de esta manera tener cerca esa mezcla explosiva que me hace sentir siempre como en casa. Me miró de reojo un par de veces, y gracias a la absurda atención que he puesto siempre en intentar conocerlo supe que se avecinaba algo:
- Esta mañana he leído una cosa en tu blog.
- Creo que prefiero que no comentes nada, y menos destructivo.
- No era destructivo. Está… bien, y me he sentido un poco identificado.
- ¿En serio? ¡Pues no era para ti! Oye, le he escrito a mucha gente, pero a ti nunca, ¿verdad? Tendré que pensarme si te escribo algo, ¿no?
- No, no. No hace falta.
- Esta mañana he leído una cosa en tu blog.
- Creo que prefiero que no comentes nada, y menos destructivo.
- No era destructivo. Está… bien, y me he sentido un poco identificado.
- ¿En serio? ¡Pues no era para ti! Oye, le he escrito a mucha gente, pero a ti nunca, ¿verdad? Tendré que pensarme si te escribo algo, ¿no?
- No, no. No hace falta.
Pero mi mente rara vez está en consonancia con lo que se ha dicho, y como siempre empezó a viajar ella sola a través de la línea del tiempo que une el día en que nos conocimos y el preciso momento en el que estábamos, un año y medio después, con tantas experiencias conjuntas detrás. Buscaba un “momento robado” para incluirlo a la lista, una pequeña sentencia o quizás un gesto que en su tiempo me hubiera cautivado. Buscaba un minúsculo Big Bang con la capacidad de crear un texto casi perfecto que pudiera pasar el juicio del exigente destinatario. Pensando me descubrí a mi misma en mi lugar de meditación (mi querido Peugeot 306 sin radio) tres horas después, sin conseguir encontrar un punto de partida.
Entonces me di cuenta de que en realidad no hay nada cuantificable ni fácil de recordar, nada que sirva para explicar por qué he dejado que se convierta en una de las personas más especiales de mi vida. A veces no sabe escuchar, con frecuencia me quejo de que soy la última en la que se apoya cuando necesita un consejo o simplemente a un amigo, no puedo negar que me he entristecido sumamente con sus comentarios hirientes e incluso he llegado a detestar esa fina y sutil ironía que siempre va acompañada de una mueca de suficiencia. Y sin embargo, tal y como decía aquella canción, le quiero.
Pero ignoro el porqué, y quizás eso es lo que me hace cuidarme de que se aleje de mí. Siempre me ha parecido curioso la capacidad que yo misma concedo a algunas personas para meterse en mi corazón sea de la manera que sea, nunca he entendido mi propio criterio, y me temo que por algún tiempo seguiré sin comprender qué pasa dentro de mí para acabar formando parte de la órbita de un sol que a veces quema demasiado.
Y aun así no puedo evitar estar convencida de que merece la pena dar tanto de mí misma si con eso consigo que él me conozca tanto como para saber por qué y, sobre todo, a quién escribo esta vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario