Señoras y caballeros, la función ha terminado. Agradecemos su asistencia y esperamos verles pronto.
“¿Ya ha terminado?” No podía moverme. La fascinante obra de teatro me había mantenido clavada en mi asiento casi sin pestañear, experimentando cada sentimiento que me era transmitido, sufriendo con cada lágrima y riendo con su júbilo, empatizando con aquella protagonista que se parecía tanto a mí. “Era yo, estoy segura”. Me sonreía a mí misma recordando como aquella desenfada y sensiblona mujer de cabello rizado se movía por su existencia patosamente, haciendo ruido en toda aquella vida por la que cruzaba como un huracán, pero desapareciendo tras su marcha dejando algunas casas tiradas y un par de corazónes heridos, pero sin víctimas mortales, tal y como los ciclones más inocentes.
Empecé a intentar moverme lentamente, ondulando mi espalda, separándola del asiento de madera que ya empezaba a crujir. Apoyé mis manos en los reposabrazos y me alcé con dificultad. “Demasiado tiempo sentada”. Comencé a mover graciosamente los dedos de mis pies mientras los sentía rozándose contra el ante de mis zapatos, y agradecí enormemente sentir una parte de mi cuerpo aún viva. Entrelacé los dedos de mis manos y los hice chasquear, me recoloqué el pelo y di unos pasos al frente. La mortecina luz que penetraba por el ojo de buey alumbraba mi caminar entre las butacas, mi único acompañamiento musical era el sonido chirriante de las tablas de madera que pisaba lentamente, ¿mi destino? El que había sido siempre: el escenario.
Al fin llegué al pie de las escaleras que me invitaban a subir, y para hacerlo me descalcé. Uno a uno fui subiendo los escalones con la gracia de bailarina que nunca tuve, ondeando mis manos en el aire con expresión jocosa, mostrando la hilera de dientes que mi juventud me permitía tener, acariciándome mi pelo largo y enmarañado, satisfecha. Mientras subía me gustaba cerrar los ojos y jugar a imaginar que todos estaban allí viéndome ascender con gracia y apoyándome. Me gustaba fantasear con la idea de dar un paso en falso y encontrarme con sus brazos al caer hacia atrás. Pero ni siquiera noté su olor, así que seguí subiendo y, agarrándome de un retal de telón que a algún operario despistado se le habría olvidado quitar, llegué.
“¿No hay nadie que actúe conmigo?”. Miraba a las butacas y no veía un alma, caminaba en círculos asomándome a los pequeños huecos que las telas rojas dejaban entrever. Nadie entre bastidores, nadie en la escena, nadie en los palcos. Sólo yo, con mis ganas de actuar. “Entiéndelo, ya no queda nadie. Me lo habré buscado yo con mi arrogancia, mi falsa ironía y mis exigencias. Si hubiera aprendido a tener la boca cerrada y a comportarme tal y como soy probablemente estarían aquí a mi lado”. Enfadada me bajé del escenario y corrí hacia la puerta buscando la salida, pero, “¡Ay! Toda la vida en este teatro y todavía no he aprendido a caminar descalza sin quemarme los pies”.
Se cierra el telón.
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