Por mucho que me llamen loca, nunca me cansaré de decir que me encantan los autobuses porque ir montada en ellos es la mejor manera que tengo de conocer a las personas. Por el día me apasiona ir sentada en el último asiento viendo cómo familias, amigos y personas solitarias se desenvuelven en un pequeño espacio que les ha sido concedido durante unos minutos para socializar, a la fuerza y de la manera que sea (incluso eligiendo no socializar). Los jóvenes de pelo enmarañado y música estridente bajo enormes cascos se mezclan con los ancianos de transistor y animadas conversaciones sobre lo mal que va el país por culpa de los niños de hoy en día, Zapatero y los conductores de Tussam. Por la noche me agazapo en mi rincón al ritmo de la música que me pida el corazón y vigilo con recelo a los extraños personajes que habitan las líneas a altas horas.
Aquel día el nº22 estaba lleno, eran las dos de la tarde y el calor pegaba de lleno en nuestras cabezas.Y entre bolsas, gritos, risas y miradas huidizas que juegan a adivinar gestos ajenos en los reflejos del cristal, las vi.
Aquel día el nº22 estaba lleno, eran las dos de la tarde y el calor pegaba de lleno en nuestras cabezas.Y entre bolsas, gritos, risas y miradas huidizas que juegan a adivinar gestos ajenos en los reflejos del cristal, las vi.
Madre e hija, la primera de pie junto a un botón de STOP y la segunda sentada en un asiento no muy lejos de mí. Ambas se miraban con un cariño que inundaba sus pupilas, pero cada una de una manera diferente, las dos igualmente fascinantes, quedando yo atrapada por unos segundos (para mi fueron semanas) en aquella clase de amor del que un día yo también disfruté y ahora ya no queda nada. Aunque he crecido puedo decir con una amplia sonrisa que tengo a mi madre a mi lado queriéndome como siempre, pero nunca más vendrá a arroparme una noche de diciembre y a desearme buenas noches con un beso en la frente. A pesar de que jamás me dejará sin bocado que llevarme a la boca nunca más hará el avioncito con mi papilla de arroz con pollo pidiéndome por “papá” que no deje ni una sola cuchara en el plato. Y por más que aún escuchemos música juntas nunca más me volverá a cantar la canción de cuna que compuso sólo para mí. Las tardes de columpios se sustituyeron por tardes de compras, las mañanas de dibujos animados por las de gimnasio, y las larguísimas tardes de “¿mamá, me lo estudio y me lo preguntas?” por un móvil que suena en una biblioteca preguntando si he comido bien y llevo el temario aprendido al examen.
Mirando a esas dos personas tan entrañables a las dos de la tarde en un autobús comprendí lo importante que puede ser tener a alguien pequeñito que depende sólo de ti y sentarlo para que no se caiga, o simplemente mirarlo y sentir… no lo sé, no tengo ni idea. Pero dentro de muchos años espero componer una canción de cuna para alguien que haya heredado sus ojos, los de mi madre.

MI SOBRINA LINDAAAAAAAAAAAAAAA
ResponderEliminarRecuerda lo que te conté de tu tia CARMINA,lo mas bello de mi vida, ELLA
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