viernes, 31 de diciembre de 2010

Sexto momento: un Velázquez en el extrarradio




Para poder sustentar la vida de fin de semana que a mí me gusta llevar, no demasiado nociva pero sí bastante inquieta, hace algún tiempo que trabajo como profesora particular de inglés. Una de mis alumnas es un pintoresco personaje al que conocí no hace mucho tiempo, y que poco a poco me va fascinando por su enorme capacidad de albergar en ella a muchas personas a la vez. Es una estudiante del montón, que siempre intenta aprender con la mayor humildad posible y que me enternece enormemente cuando dibuja una mueca de incomprensión al escuchar palabras como “obsceno”. Es una madre ejemplar de una niña preciosa a la que he tenido el gusto de conocer hace poco y siempre camina a saltitos por su casa cuando yo estoy allí, tímida, pero contenta y orgullosa de que su madre sea una estudiante que usa cuadernos, libros y mochila, tal y como ella hace. Por si esto fuera poco, es portadora de un “look” compuesto por un cabello rubio platino que cada día se aproxima más al blanco, ropa con motivos inspirados en animales salvajes como la cebra y el leopardo y complementos del color del sol. Pero lo que a mí más me sorprende es que después de traspasar el umbral de su casa y conocerla a ella, con sus peculiaridades ya descritas, lo primero que acierta a ver la vista es una copia casi perfecta de “La fragua de Vulcano”, del que para mí es el mejor pintor de todos los tiempos: Velázquez.

Y ella sonríe, mira al cuadro y vuelve a sonreírme. “Es que mi abuelo era pintor”, me dice. Está claro que aprecia la obra tanto o más que yo, y quizás además de una forma mucho más bonita, porque donde yo veo trazos e historia del arte ella ve a su abuelo trabajando en su estudio, con las manos manchadas de mil colores y un olor mezcla de óleo, aguarrás y tabaco de pipa.  Siempre pensé que era una injusticia que el arte se considerara algo tan distinguido y obsoleto, propio sólo de hombres con boina y perilla que se acarician el mentón con gesto pensativo mientras pasean por la galería de arte de cualquier vanguardista. Por eso me gustó tanto ver esa maravilla allí, en un salón corriente de una casa ubicada en un barrio trabajador de la ciudad. Me emocionó que ella hablara de él con tanta nostalgia y cariño, a la vez que sentí una profunda admiración por alguien que se atreve a copiar un cuadro de Don Diego.

Sin un marco, sin gente alrededor admirándola, sin un letrero a la derecha que aporte datos sobre el cuadro y aun siendo una copia, el arte me pareció en ese momento más exquisito que nunca.  

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Quinto momento: como Hércules y Pegaso

Amar es el sentimiento más puro que puede sentir un humano, y cuando hablo de amor no me refiero a enamoramiento, pues este es dañino y celoso, y consigue con frecuencia que una persona quede totalmente destruida.Pero cuando el amor es tan sincero como el que se le tiene a un padre o a un hermano es capaz de lograr cosas maravillosas. Parecerá tonto o demasiado sentimental, pero hoy me ha conmovido hasta llegar a convertirse en mi momento favorito del día el cariño que ha demostrado un niño pequeño por su mascota.

Siempre he sentido una debilidad especial por los animales, motivo por el cual no pude resistirme a ir en busca de una hembra de Yorkshire cuando me contaron que la habían visto caminando sola por la calle, sin collar ni dueño. Me vestí muy deprisa, bajé las escaleras y salí a la calle, donde no cesaba de llover. La busqué y al fin la encontré en una caja de fruta ya vacía, moviendo alegremente su cola mientras husmeaba y mirada en todas direcciones. Me acerqué y me agaché, la acaricié suavemente y me respondió dando vueltas sobre sí misma y brincando con el regocijo de quien encuentra un compañero con quien jugar. No pude resistirme, la tomé entre mis brazos y, avisando al dueño de la caja de fruta, simpático tendero de aquellos típicos de la tienda de barrio donde se encuentra casi todo, la llevé a mi casa, donde le proporcioné un cuenco con agua y algo de comer.

Unos minutos después sonó mi timbre y una voz se reconoció como el dueño de la perrita. Pero nunca imaginé que cuando abriera la puerta iba a ver a un niño de unos cinco años, con el pelo alborotado y mojado por la lluvia, las mejillas mojadas por las lágrimas y los brazos extendidos, con un gesto de felicidad como pocos he visto en mi vida. Le di a su mascota y él la recibió con un abrazo, para luego darse la vuelta y alejarse pegado a ella, danzando y hablándole con la ingenuidad con la que todos los que tenemos mascota dialogamos con ella. Yo emocionada, no podía dejar de mirar la escena, mientras un padre agradecido pronunciaba unas palabras que me han impulsado a escribir hoy, porque no quiero que se borren nunca de mi memoria:

"No sé qué podría hacer por ti... mi hijo no puede vivir sin ella, llevan toda la vida juntos. Ella fue un regalo que le hicimos el día en que él nació."

Mientras subía las escaleras de regreso a mi hogar, donde otro perrito, esta vez de mi propiedad, aguardaba mi compañía, me sentí orgullosa de haber podido vivir un momento tan sincero. Porque a veces, por muy duros que seamos los unos con los otros, siempre hay alguien que nos hace reconciliarnos con la raza humana.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Cuarto momento: diecinueve años

El mundo es un escenario donde sólo importan las relaciones de poder, la riqueza y las apariencias, y ser alguien en un marco así se convierte en una hazaña imposible. La sinceridad y la bondad ya no tienen cabida, las máscaras se han apoderado de nuestras vidas y ya conforman nuestra segunda piel. Pero afortunadamente todavía quedan rayos de luz que dan sentido al mundo, y, en este caso concreto, a mi vida. Empecé este blog diciendo que iba a hablar de detalles y hoy quiero rendir homenaje a alguien que siendo un detalle, como todos, para el mundo, para mí es un fragmento esencial y una de las personas que hacen que día a día me sienta afortunada de pertenecer a esto que llamamos realidad.  

Ella se metió en mi vida casi por sorpresa, un veintisiete de Diciembre en el que llovía y hacía frío en la calle y en mi interior. Mis experiencias inmediatamente anteriores habían sido las peores de toda mi vida, y necesitaba un alma sincera y buena que me ayudara a volver a creer en el ser humano. Me abrió las puertas de su vida y me dejó entrar sin titubeos, sin mentiras, mostrándome a una persona maravillosa de la que a día de hoy me siento muy orgullosa. Es una persona con coraje, valor, que es capaz de superar cualquier cosa, con un corazón puramente daliniano, duro por fuera para que las heridas del tiempo no le afecten, blando por dentro porque es capaz de amar y sufrir con toda la intensidad que podamos imaginar.

Sólo ella es capaz de hablar durante tres horas sin resultar exasperante, sólo ella es capaz de hacer que una canción cobre tanta magia, sólo ella es capaz de saber antes que yo cómo me siento, solo ella sabe reírse después de una agotadora operación, usando como pretexto una conversación telefónica con una amiga o un batido de fresa que su perro ha derramado sobre el sofá. En definitiva, solo ella es como ella, y por suerte tengo la gran satisfacción de tenerla en mi vida.

Hoy me salto a medias mi propio protocolo, pues en vez de robar un momento cualquiera que dentro de unos años se borrará de mi memoria, robo dos años de los diecinueve que cumple hoy, dos años que hemos pasado juntas y que espero que se conviertan en muchos más.

Feliz cumpleaños, amiga mía.