domingo, 3 de abril de 2011

Undécimo momento: sin banderillas

Desde el burladero la vi salir. Era pequeñita y casi no tenía cuernos. La becerrita caminaba jocosa entre aquellos que, capote en mano, esperaban su turno para darle algún pase. De vez en cuando embestía, aún torpemente, y entre el griterío de algunas mujeres que se sentaban en la grada y las risas de otros salía airosa y volvía a pasearse con la que a mí me pareció la alegría ingenua de la niñez. No había hostilidad ni violencia en el ambiente, aquello era sólo un encuentro amistoso con ellos, en igualdad de condiciones. Y cuando me tocó a mí salir a su encuentro la miré y vi en sus ojos bondad, pureza.

“Esto podría ser siempre así” – Pensé – “Sin vejaciones, sin sangre, sin muertes en el ruedo”.

¿Por qué al ser humano le cuesta tanto estar en armonía con la naturaleza? La mayoría de nosotros vivimos en una burbuja de maloliente humo, tráfico, tiendas, semáforos en rojo e inmensos edificios a los que acudimos diariamente para ganarnos el pan. Y nos sentimos orgullosos de lo que hemos creado, alabando los progresos de la ciencia y la tecnología que nos encumbran como animal inteligente. A pesar de eso, basta con trasladarnos un día a un ambiente rural para inspirar profundamente, cerrar los ojos, volver a abrirlos y admirar lo que nos puede ofrecer el abanico de colores que nos da nuestra mamá tierra cuando no ha sido corrompida.

Todos, absolutamente todos los seres que poblamos esta gran orbe azul tenemos una función dentro del ciclo de la vida, aunque nosotros, egoístas, pensemos que algunos sólo están para molestar, para posarse en  nuestra anhelada sardina de las dos de la tarde del mes de agosto o para ser toreados. Y en el preciso momento en que comprendemos que somos un todo podemos amar a los seres vivos indistintamente de cuál sea su especie de una manera pacífica, calmada, preciosa.

Yo me propuse realizar este pequeño ejercicio mientras disfrutaba de un paseo en carreta por la dehesa, y pude gozar del viento, el olor de las flores, el rugoso tacto de la corteza de los árboles, el color grisáceo del cielo – que no es menos bello por ser menos azul -  y el sonido de los pájaros piando desde sus ramas.

Pero más aún me quedé fascinada contemplando la mirada tranquila y serena de los toros que allí viven sin saber que son un producto de una causa que alimenta tantas bocas humanas, ignorando que sus hermosas astas son a la vez su mecanismo de defensa y su futura condena. 

1 comentario:

  1. Gracias. Cada vez que alguien argumente que los toros no existirían si no fuera por esta barbaridad le mandaré directo a este escrito.

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