18 julio 2011
Me gusta caminar por la playa sin gafas porque todo es como mucho más impresionista. Este hecho, unido a la ausencia de pitidos en mi Blackberry, hace que disfrute enormemente mis paseos por la orilla a la hora del crepúsculo.
Los pies se me van hundiendo lentamente, dejándose cubrir por un manto de arena mojada y conchas, algunas de las cuales a veces me pinchan y me hacen levantar la pierna bruscamente. Veo luces y puntos de color, pero no necesito nada más, el viento me peina y despeina a su antojo haciéndome feliz. Pensaba que no podría haber nadie en mayor consonancia con el mar, pero una mancha de colores estaba a punto de hacerme cambiar de idea.
Me pondré las gafas y os la describiré: no sé qué clase de persona es, porque está agachada, su espalda curvada y ambos brazos caídos, sus dedos tocan el agua que las pequeñas olas traen para regocijo de sus talones, que se alzan ligeramente para volver a apoyarse después. Por mucho que intento averiguar de qué sexo es mi objetivo a observar no me deja, pues su cabeza se halla cubierta por lo que parece un enorme pañuelo doblado varias veces.
De repente se endereza, dejándome adivinar por fin un pequeño y doloroso trozo de vida. Es una mujer menuda, muy blanca de piel y con una tez frágil pero que deja entrever una enorme dulzura. Lleva puesto un vestido verde agua con flores de diferentes colores, y un pañuelo cubre su cabeza, como bien había visto antes. El arcoíris de color que la acompaña no oculta, sin embargo, la ausencia de vello en cada centímetro de su piel. La veo sola, en silencio, concentrada en pedir fuerzas, ayuda para seguir adelante.
23 Julio 2011
También me encanta pasear con mi hermano porque, aunque nunca le ha importado mi vida ni nada de lo que yo haga con ella, le encanta hablarme de él. Y yo escucho, divirtiéndome con sus anécdotas de baloncesto e interesándome – lo justo – por el argumento de la última película que vio.
La misma mujer de piel blanca está allí, jugando en la orilla con varios niños pequeños. Ahora la veo feliz, se ríe a carcajadas mientras fabrica castillos que el agua barre cada pocos minutos. No parece la misma, pero esta otra faceta es igualmente atrayente para mí, que me quedo un rato observándola, mientras camino. Todos tenemos dos caras.
31 julio de 2011
Haciendo las maletas para volver a mi ciudad vuelvo a pensar en ella. No la voy a volver a ver. No sé qué pasará con ella. ¿Dónde están mis dos caras?
1 septiembre 2011
No me puedo creer que ya esté lloviendo, ¡sólo es el primer día de septiembre! Espero en el coche a que mi madre recoja la compra mientras escucho a Eva Amaral cantando de nuevo Moriría por vos, solo que esta vez no es una canción especial. Mirando cómo las gotitas adornan el cristal reparo en mí, justo detrás, en el retrovisor. Observo mi reflejo, al que por fin he aprendido a querer. La Rocío que se va a la playa a escribir con un cuaderno y un bolígrafo es la misma Rocío que camina fingiendo a gritos acento del norte para avergonzar a su hermano. Y es la misma que ríe cuando le parten el corazón – otra vez – porque no se puede creer que le haya vuelto a pasar. La misma payasa, niña pequeña sin sentido del ridículo, risueña, estúpida, rencorosa, vengativa, educada, torpe, irascible, gritona y fiel a la frase “el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra”. Pero no importa, tengo tiempo para aprender cuál de mis tropecientas caras me gusta más y mejorarla para que me acompañe toda mi vida. O eso espero.
5 septiembre 2011
No son dos caras, la mayoría solo tenemos una porque no podemos ocultar cómo somos realmente. Lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que somos un prisma de colores maravilloso, y merece la pena mirarnos y aprender. Eso es todo. ¿Egocentrismo? Puede ser, pero al menos puedo estar orgullosa de que antes de conocer y querer a nadie conozco y quiero a la persona en la que me estoy convirtiendo.
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