¿Alguna vez habéis escuchado que la vida no es un camino de rosas? Pues bien, habrá gente que se ría de esta pregunta retórica tan recurrente, aquellos tocados por la gracia de un ángel para los que la vida ha sido casi un cuento, cuyo mayor problema es en qué banco guardar el dinero o de qué manera despedir a un subordinado. Para ellos la vida sí ha sido un camino de rosas, o al menos de otro tipo de flor no tan exquisita y con tantos espinados sinsabores.
Su vida es anhelada por todos aquellos a los que hasta la más afilada espina les sabría a poco, porque están acostumbrados a avanzar levantando todas las piedras de su particular camino lleno de hipotecas y sueños a medio realizar.
Es despreciada por aquellos corazones que recorren el mundo buscando una vía alternativa a la existencia consumista y burguesa, y que quieren construir un mundo repleto de caminos en el que todos podamos pisar con los pies descalzos. Y es finalmente ignorada por aquellos que siguen una senda que lleva a ninguna parte, sin salida o con miles de desvíos, pero cuya ausencia de señales o carteles luminosos permite que su existencia sea, si no libre, ausente de ataduras formales.
Sin embargo, cualquiera sea la vía que queramos tomar, siempre va a haber un animal más grande en el reino que nos coma, que como un depredador sibilino se arrastre tras de nosotros por el camino que hemos elegido para succionarnos y aprovecharse de nuestra banal existencia. No podemos chocar con él porque sabemos que con unas gotas de veneno es capaz de acabar con nuestra vida. Simplemente jugamos a arrastrarnos por el fango, temerosos, huidizos y veloces, esperando que nuestro encorbatado ladrón no nos dé alcance.
Dos conductores viajan por un camino de albero en tierras andaluzas. Uno de ellos está al mando de un Jeep Gran Cherokee, trazando dibujos en el suelo a doscientos kilómetros por hora. No tiene miedo, lleva la ventana abierta y el ruido atronador del motor y el aire enfurecido no le dejan pensar en nada. De repente choca contra algo, parece pequeño, casi no se ha enterado, pero se ha tenido que parar en seco. Se baja del vehículo y a través de la nube de polvo consigue ver lo que ha pasado. Un pequeño Peugeot 206 malherido por el impacto aloja en su interior a un hombre de mediana estatura, con las gafas rotas y el rostro desencajado por el espanto. Parece que se ha lastimado gravemente, la sangre comienza a hacer aparición. “No importa, paga el seguro”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario