Vale la pena reencontrarse con personas del pasado tan sólo para revivir cómo era que se te fueran las horas hablando de los problemas psicológicos de ambas. Y ella y yo tenemos mucho que contar en ese sentido. Me miraba con sus ojos marrones abiertos como platos, como siempre los colocaba cuando trataba un tema que consideraba de máxima importancia, con su larguísimo pelo cuidadosamente tratado echado sobre un hombro y sus complementos moviéndose agitadamente. Repitió varias veces que nos podía parecer tonto lo que nos iba a contar, o que a simple vista puede ser percibida como una persona simple, pero en el fondo era inteligente.
Claro que es inteligente, siempre lo ha sido. Quizás por eso me gustaba tanto oírla descontextualizándolo todo y construyendo su propio mundo, que por otra parte no era tan descabellado. Me encantaba ver cómo su cabeza daba vueltas buscando una respuesta para todo, que aun en su ingenuidad adolescente apenas se equivocaba. Las dos jugábamos a crear en nuestra mente imágenes nítidas de lo que hubiera pasado si hubiéramos actuado de forma distinta a como lo habíamos hecho, y nos divertíamos y reíamos inventando situaciones absurdas, ficticias o futuras. Éramos dos niñas, pero ya teníamos algunos temas que siempre acabábamos tocando y uno que era prohibido hasta para ser nombrado.
Y sin embargo, nos tocó madurar y ya no estábamos para influenciarnos la una a la otra y seguir creando nuestra realidad paralela. ¿Cómo se explica entonces que a la hora de volvernos a unir tengamos la misma forma de pensar? A mí me gusta imaginar que contribuyeron tantas tardes juntas, tantas llamadas al telefonillo a la hora de merendar, todas las veces que nos quedamos a dormir en casa de la otra y aquellas locuras que hacían de nuestras horas de colegio un recreo permanente. Aprendimos a hacer collares con plastilina, a rodear animalitos dependiendo del pelaje que tuvieran, a leer, a sumar, a analizar oraciones, a bailar, a pelearnos, a enamorarnos, a llorar, a superar los palos sentimentales y a meternos (por qué no decirlo) con aquellos que no nos caían bien. Desaprendimos a querernos para tener que aprender luego a vivir sin la otra, y no sé a ella, pero a mí me costó mucho.
Dieciséis años después de nuestro primer batido juntas, estamos hablando en un coche. Y parece mentira, pero nunca se deja de aprender. Ahora nos toca poner en común años de nuestras vidas que han discurrido en dos líneas paralelas y que, sorprendentemente, todavía tienen tantos puntos en común como rotuladores mágicos había en la caja con la que jugábamos de niñas merendando galletas de chocolate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario