viernes, 21 de enero de 2011

Octavo momento: San Francisco en la Alameda

A veces la felicidad de las personas que me rodean se convierte en mi propia alegría, a veces un instante robado me sirve para volver a mi casa conduciendo y meditando, como siempre hago mientras surco la ciudad en un coche que ni siquiera es del todo mío, pero sí es oyente de mis más escondidos pensamientos. A veces mi gratificante y estrafalaria tarea de robar momentos ajenos se vuelve egoísta y extremadamente placentera para mí. Pero no puede ser de otra forma cuando te encuentras en un bar de esos con las paredes pintadas de grupos de amigos y la barra llena de círculos perfectos que dejaron todas las cervezas apoyadas en ella, siervas de bocas de adolescentes sedientos y con ganas de reír una tarde después de clase.

En el bar en el que puedes poner tranquilamente los pies en el sofá se encuentra una persona de ideas fijas y con una risa que siempre he considerado maravillosa, porque cada vez que nos la enseña a todos yo no puedo dejar de mirarla. Nuestra niña rebelde se ríe de verdad, a la vez que apura varios platos en los que han quedado algunos residuos de chocolate líquido. Mientras, la persona más sensata que he conocido come callada el mismo dulce que yo puedo degustar, por cierto gracias a ella. Siempre me hace sentir segura, consiguiendo ver en ella casi un referente maternal. Cualquier aportación que haga es buena, cualquier consejo es digno de ser escuchado, sus palabras me parecen siempre cargadas de inteligencia y sus comentarios ingeniosos pueden provocar un sinfín de sensaciones. No muy lejos de ella una persona con el corazón lleno de calidez cuenta monedas, intentando averigüar si con lo que ha traído tiene bastante para invitar a alguien a una copa, en una nueva muestra de generosidad altruísta de las que la hacen ser peligrosamente buena para el mundo en el que vivimos. Él no para de dar buenas ideas, se le ve agusto, contento. Es el único chico que hay entre tanta mujer, el mimado. Su cara de ángel y su voz tranquilizadora y calmada hacen que mantener una charla con él te transporte a cualquier lugar donde no hay ruido, sólo palabras coherentes y alguna risa baja y amable. Pero ella no, ella tiene una fuerza en la voz que podría alterar a cualquiera, y una risa que le encanta compartir con todo el mundo y llama al jolgorio, a la fiesta. Consigue que hasta un día en el que deberíamos estar preocupados por estudiar parezca un domingo.

Y a mi lado como siempre la dueña del fular que un día, no hace mucho, encontré en clase. La que por mí nos ha exhortado a todos para que salgamos a uno de nuestros lugares favoritos a, simplemente, estar un rato juntos. La única que ha vivido con tanta ilusión como yo mi cumpleaños. Su interior es pura felicidad y entusiasmo, pero por dentro lleva un cartel de "NO TOCAR" como los que vemos en muchas tiendas junto a las frágiles figuras de porcelana. Demasiados momentos le he robado, demasiados guardo conmigo. Persona difícil de conocer y difícil de olvidar, un regalo envuelto en ratos agridulces que siempre compensan.

Si mi visión de ellos es subjetiva por el cariño que les tengo no lo sé, pero mi manera de darles las gracias por acompañarme en un día que, no sé por qué razon, vivo aún con la ilusión de una niña de diez años, es haberles sustraído un poquito de la esencia que creo conocer de ellos. No hay más gratitud en este día que entender de verdad lo que significa el buen amor, la buena compañía. Es curioso, me han llevado tres largas clases y sólo diez minutos para entender lo que significa "completamente jueves".

3 comentarios:

  1. Ayer, cuando os fuísteis y nos quedamos la chica del chocolate líquido y yo tomando la penúltima, estuvimos comentando que había sido una tarde genial, estupenda. A mi parecer, coincidimos en que en ese rato en concreto no había faltado ni sobrado nadie. Curiosamente, los momentos menos planeados con la gente menos esperada -a veces- suelen ser los que recuerdas con más cariño, nostalgia tal vez.

    En definitiva, fue una de esas tardes a las que yo pongo la etiqueta de "perfecta". Porque, como tú has dicho, hubo buen amor, buena compañía, y unos sofás extrañamente cómodos.

    Por último, hablando por mi -y me atrevo a decir que por los demás- no creo que debas agradecer esos minutos entre gofres, cervezas y algún coctel, ya que, aunque fueran "completamente para tí", fueron disfrutados "completamente por todos".

    Y dicho esto, la chica del "foulard" se va a estudiar al "bureau".

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  2. ESTO ES MUY LARGO! Ya lo leeré cuando suspenda TI

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  3. Espero que lo leas cuando apruebes y tengas tiempom libre =P

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